Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con balcones que se miran y ascensores que tardan una eternidad. Tengo 32 años, casada con Pablo desde hace ocho, tres niños y un cuerpo que, después de los partos, se ha puesto aún más tetón y culón. Mido 1,70, pelo negro largo, piernas interminables. Pablo es un amor, pero el sexo con él es rutina, tres veces por semana si hay suerte.
Todo empezó hace dos noches. Estaba en mi balcón fumando un cigarro a escondidas, con la bata entreabierta por el calor pegajoso de la noche. Oí ruido en el balcón de al lado, el del vecino del 4º, Javier. Es un tío de unos 45, alto, musculoso, ojos verdes que te desnudan. Vi su silueta recortada contra la luz de la tele. Se había bajado los pantalones y se estaba pajeando la polla, dura como una piedra. Dios, qué polla más gorda. Me quedé paralizada, el corazón latiéndome fuerte. Él no me vio, pero yo sí: gemía bajito, “joder, qué ganas”. Sentí mi coño humedecerse al instante. Apagué el cigarro y me metí dentro, pero esa imagen me quemaba.
La mirada que lo encendió todo
Al día siguiente, bajaba con bolsas de la compra. El ascensor pitó y entró Javier, sudado de gym, camiseta ajustada marcando pectorales. “Buenas, Ana”, dijo con esa voz grave. El espacio era diminuto, olía a su colonia y sudor. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Sentí su mano rozar mi culo ‘por accidente’. Me puse roja. “Perdón”, murmuró, pero no se apartó. Subí la vista: su paquete abultado. El ascensor se paró entre pisos con un traqueteo. “Mierda”, dijo él, pulsando botones. Yo, nerviosa, noté su aliento en mi cuello. “Hace calor aquí, ¿no?”, susurró, y su mano volvió, esta vez apretando mi nalga. Dudé, el coño me palpitaba. “Javier, no… los vecinos…”. Pero me giré y lo besé, salvaje, lenguas enredadas. Sus manos subieron mi falda, rasgando las bragas. “Estás empapada, puta”, gruñó.
La barrière cayó en segundos. Me empotró contra la pared del ascensor, chupándome las tetas por encima de la blusa. Botones saltando. “Calla, que nos oyen”. Pero gemí cuando metió dos dedos en mi coño, chapoteando. El ascensor se movió de golpe, pero paramos en su piso. Me arrastró a su puerta, llave temblando. Dentro, olía a macho. Me tiró en el sofá, polla fuera, gorda, venosa, 20 cm fáciles. “Chúpamela, vecina”. Nunca se lo había hecho a Pablo así. Abrí la boca, saliva chorreando, la tragué hasta la garganta. Tosí, pero él empujó: “Así, zorra, trágatela toda”. Me folló la boca, bolas golpeándome la barbilla. Luego me puso a cuatro patas, en el suelo, junto a la ventana abierta. “Que te vean, puta del edificio”. Me entró de un golpe, rompiéndome el coño. “¡Joder, qué prieta! Mejor que tu maridito”. Follaba brutal, palmadas en el culo, tetas balanceándose. “Más fuerte, rómpeme, que me corro”. Grité, orgasmo brutal, coño contrayéndose. Él no paró, me dio la vuelta, piernas en hombros, polla machacando el útero. “Te lleno de leche, Ana, toma”. Eyaculó chorros calientes, desbordando.
El clímax y el secreto compartido
Pero no acabó. Me lamió el coño lleno de su corrida, clítoris hinchado. Yo le mamé la polla blanda hasta que revivió. Segunda ronda en la cama, misionero salvaje. “Eres una viciosa, vecina. Mañana te como el culo”. Corrimos juntos, sudados, mordiéndonos. Al final, exhaustos, piel pegajosa.
A la mañana siguiente, salgo al pasillo con el carrito de la compra. Él aparece, sonrisa pícara. Nuestras miradas: puro fuego secreto. “Buenos días, Ana. ¿Dormiste bien?”. Roce de manos al pasar. Mi coño se mojó de nuevo. Pablo pregunta qué me pasa, sonriendo tonta. El frisson del peligro… adictivo. Quiero más.