Ayer por la tarde, estaba en mi balcón fumando un cigarro, con el sol filtrándose por las persianas entreabiertas. El aire fresco me erizaba la piel bajo la camiseta fina. Oí pasos en el pasillo, pesados, como de alguien que carga bolsas. Miré por la rendija de la puerta entreabierta y ahí estaba él, mi vecino del quinto, Jérôme. Musculoso, camisa ajustada marcando pectorales, pantalón de chándal que dejaba poco a la imaginación. Sudado del gym, olor a hombre que me llegó hasta aquí.
Nuestras miradas se cruzaron esa misma noche en el ascensor. Entré con la compra, él ya estaba dentro, apoyado en la pared, teléfono en mano. ‘Hola, Palmyre’, murmuró con esa voz grave. El ascensor empezó a subir, lento, el zumbido constante. Nuestros brazos se rozaron. Sentí su calor. ‘Hace calor hoy, ¿no?’, dije, voz temblorosa. Él sonrió, ojos clavados en mis tetas. ‘Sí, mucho’. Su mano rozó mi culo ‘por accidente’. Me mordí el labio. El ascensor paró en mi piso, pero no salí. Pulsé su botón. ‘Sube un rato’, susurré. Él pulsó parar entre pisos. La luz parpadeó.
La mirada que lo encendió todo en el pasillo
De repente, me empujó contra la pared metálica, fría contra mi espalda. Sus labios en mi cuello, mordiendo suave. ‘Joder, Palmyre, te como desde que te vi en el balcón’, gruñó. Le arranqué la camisa, pectorales duros bajo mis uñas. Bajé la mano, palpé su polla tiesa, enorme bajo el chándal. ‘Mira lo que me haces’, dijo, sacándola. Gruesa, venosa, goteando ya. Me arrodillé, el suelo sucio rozándome las rodillas. Lamí la punta, salado, su gemido retumbó en el cubículo metálico. ‘Calla, nos oirán’, susurré, pero chupé más hondo, garganta llena, babeando.
Me levantó como una pluma, pantalón bajado a los tobillos. Sus dedos en mi coño, empapado. ‘Estás chorreando, puta viciosa’, rio bajito. Dos dedos dentro, moviéndose rápido, chapoteo audible. Gemí fuerte, tapándome la boca. ‘Quieta, o te follo aquí mismo’. Me giró, culo al aire, manos en la barandilla. Su lengua en mi culo primero, lamiendo el agujero, luego al coño, clítoris hinchado. ‘Deliciosa, joder’. Me corrí ya, piernas temblando, jugos por sus muslos.
El polvo brutal con riesgo de ser pillados
No esperó. Polla en mi entrada, empujó de un golpe. ‘¡Ahhh!’, grité ahogado. Llenándome entera, hasta el fondo, golpeando el útero. Ritmo brutal, piel contra piel, slap slap slap. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, jadeaba. Yo empujaba hacia atrás, tetas rebotando, sudor goteando. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme’. Oí voces en el pasillo fuera, vecinos pasando. El morbo me volvió loca. Él tapó mi boca, follándome salvaje, polla hinchándose. ‘Me corro, Palmyre… dentro…’. Calor explotando, semen llenándome, yo explotando otra vez, chillando contra su mano.
Paramos jadeando, el ascensor oliendo a sexo puro. Nos vestimos rápido, él pulsó mi piso. Salí temblando, piernas flojas. ‘Hasta mañana’, guiñó.
Hoy, cruzamos en el pasillo. Luz tenue, pasos amortiguados en el suelo. Sus ojos en los míos, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina’. Mi coño se mojó al instante, recordando su leche dentro. Nadie sabe, pero el secreto quema. Si mi marido oye algo… el riesgo me excita más. Quiero más, pronto. En su balcón, quizás, con vistas a todos.