Era un sábado por la mañana, uno de esos calurosos en Madrid. Me desperté tarde, con el sol filtrándose por las persianas del balcón. Oí pasos en el pasillo del edificio, rítmicos, como tacones. Miré por la rendija de la puerta entreabierta de mi piso. Era él, el vecino del 4ºB, alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marca sus músculos. Llevaba una bolsa del súper, sudando un poco. Nuestras miradas se cruzaron un segundo. Sonrió, pícaro. Sentí un cosquilleo en el coño.
Desde hace semanas, lo espiaba. Veía su silueta por la ventana cuando se cambiaba, la luz del baño iluminando su polla semierecta al salir de la ducha. Mi marido estaba de viaje, así que el edificio era mi patio de recreo. El ascensor pitó. Subí, pulsé el 5º. De repente, se abrió en el 4º. Él entró, oliendo a jabón fresco. ‘Buenos días, preciosa’, murmuró, rozando mi brazo. El espacio era estrecho, el aire cargado. Sus ojos bajaron a mi escote, mi falda corta sin bragas. ‘Hace calor, ¿eh?’, dije, mordiéndome el labio. Él se acercó, su aliento en mi cuello. ‘Demasiado’. Sus manos en mi cintura, bajando. La puerta se cerró. Pulsó stop. La barrera cayó. Me besó salvajemente, lengua dentro, manos subiendo mi falda. ‘Joder, te he deseado tanto’, gruñó.
La mirada que encendió la chispa
Me giró contra la pared fría del ascensor. Noté su polla dura contra mi culo, enorme, palpitante. ‘Fóllame ya’, jadeé. Bajó mis bragas –no, espera, no llevaba–. Sus dedos entraron en mi coño empapado, chapoteando. ‘Estás chorreando, puta viciosa’. Gemí, arqueándome. Sacó la polla, gorda, venosa, y la restregó por mis labios vaginales. Entró de un empujón, llenándome hasta el fondo. ‘¡Ahhh, sí, más fuerte!’. Me taladraba, pellizcando mis tetas, mordiendo mi hombro. El ascensor temblaba con cada embestida. Oía voces lejanas en el pasillo, pasos. ‘Cállate o nos pillan’, susurró, tapándome la boca. Pero yo gritaba bajito, ‘¡Cómetela, joder, rómpeme el coño!’. Su polla me frotaba el clítoris interno, bolas golpeando mi clítoris. Sudábamos, el olor a sexo impregnaba el aire metálico. Me corrí primero, contrayéndome alrededor de su verga, chorros mojando sus muslos. Él aceleró, ‘Me voy a correr dentro, zorra’. ‘¡Sí, lléname!’. Explotó, semen caliente inundándome, goteando por mis piernas.
El polvo brutal y el secreto compartido
Se retiró, jadeantes. Pulsó el botón, el ascensor bajó. Se subió los pantalones, yo arreglé la falda, semen resbalando. Salimos, él al 4º, yo al 5º. ‘Hasta mañana’, guiñó.
Al día siguiente, en el pasillo, cruce de miradas. Su mujer charlaba con la mía por teléfono –yo sola–. Pasó cerca, rozó mi mano. ‘Buen polvo, ¿eh?’, susurró. Sonreí, coño palpitando aún. ‘Repetimos cuando quieras’. Secretos calientes, el edificio nunca fue igual.