Hoy al mediodía, durante la pausa, no pude resistir. Desde mi ventana, con las persianas entreabiertas, lo vi. Mi vecino nuevo, ese moreno alto con ojos azules que me derrite. Estaba en su balcón, el aire fresco del mediodía le movía la camisa. Se bajó los pantalones… Dios, su polla tiesa, grande, palpitando en su mano. Se la meneaba despacio, los ojos cerrados, gimiendo bajito. El sonido de sus jadeos se colaba por la rendija. Mi coño se mojó al instante. Me toqué un poco, imaginando…

Salí del piso, toda de negro: chaquetita escotada, falda ligera que se sube fácil, sin bragas, tanga push-up marcando mis tetas redondas. Abrigo largo para la calle. En el ascensor, ¡zas! Ahí estaba él. Sonrisa pícara. “Hola, vecina…”. Me abrazó fuerte, beso suave en los labios, y su mano experta ya bajo mi falda. “¿Vas sin culotte por el edificio? Estás empapada…”. Tragué saliva. “Tú me pones así con solo mirarte…”. El ascensor subía lento, el zumbido mecánico tapando nuestros susurros. Sus dedos rozaron mi clítoris, yo gemí. “Shh, que nos oyen…”. Pero no paró.

La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor

Llegamos a su planta. Puerta entreabierta. Me arrastró al pasillo oscuro, antes de entrar. “Primero aquí, para empezar…”. Me apoyé en la pared, piernas abiertas. “Muéstrame cómo te tocas”. Dudé, eh… pero subí la falda, dedos en mi coño chorreante. Él sacó su polla, dura como piedra. “Chúpamela”. Me arrodillé, el suelo frío contra mis rodillas. La envolví con la boca, saboreándola, lengua en el glande. Gente en el pasillo? Pasos lejanos… el riesgo me ponía a mil.

“Quítate todo”. Desabroché la chaqueta, tetas al aire, pezones duros. Bajé la falda despacio, mi coño rasurado a la vista. Sus ojos devorándome. “A cuatro patas, ahora, en medio del pasillo”. El corazón me latía fuerte. “¿Aquí? Nos pillan…”. Sonrió. “Por eso”. Avancé, desnuda salvo lencería negra: sujetador levantando tetas, portaligas. Me puse de rodillas, manos en el suelo, culo en pompa. Faldón cambrado. Sentí sus manos en mi espalda, luego su polla guiándose. Entró de un golpe, en levrette brutal. “¡Joder, qué prieta!”. Me follaba sin piedad, cachetazos en el culo, yo ahogando gemidos. Pasos en las escaleras… miedo y placer mezclados.

El polvo intenso en el pasillo y el secreto del día siguiente

Aparecieron sombras: dos vecinos más, del fondo del pasillo, pollas fuera, mirándonos. Él les hizo gesto. Uno se puso delante, polla en mi cara. La chupé, garganta profunda, mientras mi vecino me taladraba. “¡Traga, puta vecina!”. Cambié: a cuatro, polla en boca y coño. Corridas calientes: una en tetas, pegajosa, goteando. Él me giró, me masturbé frente a ellos. “Dime qué sientes”. “Mis dedos… en el clítoris… vibrando… quiero polla dentro”. Me penetró de lado, yo mamando la suya. “¡Me corro!”. Orgasmos en cadena, cuerpo temblando, coño contrayéndose.

Final en su puerta: manos en pared, piernas abiertas, él detrás follándome duro. Ritmo salvaje, rápido, viril. Grité bajito, jouissant como loca. Después, en su sofá, abrazados, caricias. “Me has vuelto loca”. “Esto es solo el principio…”. Me vestí, beso final.

Al día siguiente, pasillo. Cruce de miradas con él y los otros. Sonrisas cómplices. “Buenos días, vecina”. Mi coño palpita aún. Secreto ardiente, esperando la próxima.

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