Estaba en mi balcón, con el cigarro entre los labios, el aire fresco de la noche rozándome la piel. La luz de la luna filtraba por las persianas del vecino del quinto, Diego. Lo vi de casualidad, su silueta moviéndose… follando con su novia. Él la embestía por detrás, fuerte, el colchón crujía audible desde aquí. Sus gemidos ahogados, el slap-slap de carne contra carne. Me mojé al instante, mi coño palpitando. Apagué el cigarro y me toqué disimuladamente, imaginando esa polla dura en mí.
Al día siguiente, en el ascensor. Solos. Él entró, oliendo a colonia y sudor limpio. Nuestras miradas se cruzaron, esa complicidad sucia. ‘Buenas noches, Carmen’, murmuró, su voz grave. ‘Anoche… ¿viste algo?’, preguntó con media sonrisa. Dudé, el corazón latiéndome fuerte. ‘Quizá… estabas… ocupado’. Se acercó, el ascensor pitó en el tercero. Su mano rozó mi culo. ‘¿Quieres ver de cerca?’. La puerta se abrió en mi piso, pero tiré de él. ‘Ven a mi casa. Ahora’.
La tensión que estalla
Entramos temblando, la puerta ni cerró del todo. Me empujó contra la pared del pasillo, besándome salvaje, lengua invadiendo mi boca. ‘Joder, Carmen, desde que te vi espiando no paro de pensar en tu coño’. Le bajé los pantalones, su polla saltó, gruesa, venosa, goteando precum. ‘Fóllame ya, cabrón’, le supliqué. Me levantó la falda, rompió mis bragas de un tirón. Dos dedos en mi coño empapado, ‘Estás chorreando, puta’. Me penetró de golpe, su polla abriéndome entera. Gemí alto, ‘¡Sí, así, rómpeme!’.
Me follaba brutal, cada embestida un golpe seco, mis tetas rebotando. ‘Cállate o nos oyen los vecinos’, jadeó, tapándome la boca. Pero yo quería que oyeran, el riesgo me volvía loca. Me giró, contra la ventana del salón, polla en mi culo ahora. ‘Esta puerta también, zorra’. Lubriqué con mi saliva, entró despacio… luego ramoneó como un animal. ‘¡Tu culo es mío!’, gruñó. Sentía su saco golpeándome el coño, mis paredes apretándolo. Orgasmeó primero, llenándome de leche caliente, ‘¡Toma, puta!’. Yo exploté después, chorros por mis muslos, gritando su nombre.
El polvo intenso y el secreto compartido
Caímos jadeantes al suelo, sudor pegándonos. ‘Ha sido… joder, increíble’, murmuró besándome el cuello. Nos vestimos rápido, riendo nerviosos. ‘Mañana más’, susurró saliendo.
Al día siguiente, pasillo. Pasos en el corredor, olor a café. Nuestras puertas casi juntas. Él salía, yo con la bolsa de basura. Miradas cruzadas, esa sonrisa pícara. ‘Buenos días… vecina’. Su mano rozó la mía disimulando, el secreto ardiendo. ‘Sí, buenos días… Diego’. El ascensor llegó, entramos sonriendo. Nadie sabe, pero yo ya siento mi coño húmedo otra vez.