Ayer por la tarde, el sol filtraba por las persianas del salón, tiras de luz amarilla bailando en el suelo. Estaba sola, con una cerveza fría en la mano, mirando sin querer por la ventana que da al patio interior del edificio. Y ahí estaba él, Carlos, mi vecino del quinto. Puertas abiertas, persianas a medio bajar. Se había bajado los pantalones, su polla dura en la mano, bombeándola despacio. Dios, qué gruesa, venosa, el prepucio subiendo y bajando. Jadeaba bajito, los ojos cerrados, pensando en quién sabe qué. O en mí, quizás. Sentí un calor entre las piernas, mi coño humedeciéndose sola. Me quedé paralizada, el corazón latiéndome fuerte, el ruido de un coche lejano rompiendo el silencio.
No pude apartar la vista. Él aceleró, gruñendo, hasta que eyaculó, chorros blancos salpicando el suelo. Se limpió con una camiseta vieja, y justo entonces, nuestras miradas se cruzaron. Él sonrió, pícaro, como si supiera que lo pillé. Yo me sonrojé, pero no me moví. Esa noche no dormí, tocándome pensando en su polla, en ese rastro de semen.
La mirada voyeur que lo cambió todo
Hoy, bajando al supermercado, el ascensor pitó en el quinto. Entró él, olor a colonia fresca y sudor ligero. “Hola, vecina”, dijo con voz ronca, ojos clavados en los míos. El espacio era estrecho, su cuerpo rozando el mío. Pulsé planta baja, pero el ascensor tembló, se paró entre el cuarto y tercero. Luz parpadeante, silencio pesado. “¿Pillaste el espectáculo ayer?”, murmuró, acercándose. Su aliento en mi cuello. Negué con la cabeza, pero mi pezón se endureció bajo la blusa. Él rió bajito. “Mentirosa. Te vi mirándome”. Su mano rozó mi culo, y yo… no me aparté. La tensión explotó. “Cállate y fóllame”, susurré, el miedo a que alguien pulsara el botón mezclándose con la excitación.
Me giró contra la pared, bajándome las bragas de un tirón. Su polla ya dura presionando mi culo. “Estás empapada, puta”, gruñó, metiéndome dos dedos en el coño, chapoteando. Gemí fuerte, tapándome la boca. El ascensor zumbaba, ¿y si arrancaba? Él escupió en su mano, untó su verga y me la clavó de un empujón. “¡Joder, qué prieta!”, jadeó, follando duro, pellizcándome los pechos. Yo arqueé la espalda, el metal frío contra mis tetas, sus pelotas golpeándome el clítoris. “Más fuerte, cabrón, rómpeme”, supliqué, el placer del riesgo volviéndome loca. Sudor goteando, nuestros jadeos rebotando en las paredes. Él me tapó la boca, pero yo mordí su mano, corriéndome primero, el coño contrayéndose, chorreando por mis muslos.
El clímax en el peligro y el secreto compartido
“Ahora te lleno”, rugió, acelerando. Sentí su polla hincharse, y eyaculó dentro, caliente, abundante, gimiendo mi nombre. Se quedó clavado unos segundos, besándome el cuello. El ascensor pitó, arrancó. Nos separamos rápido, él subiéndose la cremallera, yo arreglándome la falda, semen escurriendo por mi pierna.
Llegamos a planta baja, puertas abiertas, gente normal pasando. Él guiñó un ojo, yo sonreí nerviosa. Esta mañana, en el pasillo, pasos ecoando. Nuestras puertas una al lado de la otra. “Buenos días, vecina”, dijo casual, pero sus ojos ardían. Yo sentí el coño palpitar. “¿Dormiste bien?”, pregunté, voz temblorosa. Él se acercó, susurró: “Soñando con tu coño”. La puerta de al lado se abrió, y nos separamos, secreto quemando entre nosotros. No sé qué pasará mañana, pero el edificio ya no es el mismo.