Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con balcones que se miran de reojo. Hace unas semanas se mudó Pablo al quinto, justo enfrente del mío. La primera vez lo pillé por casualidad. Estaba en mi balcón fumando un cigarro, el aire fresco de la noche me erizaba la piel. Oí ruido, risas… y lo vi. Él en slip, sudado, besando a una tía en su sofá. La luz amarilla de la lámpara filtraba por las persianas entreabiertas. Sus manos le subían la falda, ella gemía bajito. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte. Apagué el cigarro sin querer, la brasa cayó al suelo con un chisporroteo. Él levantó la vista un segundo, como si me oliera. Sentí un cosquilleo en el coño, el morbo de espiar a dos metros.
Al día siguiente, en el ascensor. Entró él, solo nosotros dos. Olía a colonia fuerte, mezclada con sudor del gym. ‘Buenas’, murmuró, voz grave. Yo, con mi falda corta, noté su mirada bajando por mis piernas. ‘¿Nueva en el bloque?’, preguntó, rozándome el brazo al apretar el botón. El ascensor viejo traqueteaba, subiendo lento. Nuestras respiraciones se oían, el silencio espeso. ‘No, tú sí’, respondí, mordiéndome el labio. Sus ojos se clavaron en mi escote, vi cómo se le marcaba la polla en el pantalón. Paramos en mi piso, pero no salí. ‘¿Subes?’, soltó él, pulsando el botón de su planta. La puerta se cerró, y ya estaba. Sus manos en mi cintura, me besó con hambre, lengua invasora, saboreando mi boca como si fuera el postre.
La mirada que lo cambió todo
El ascensor siguió subiendo, pero él pulsó el stop entre pisos. Luz roja parpadeando, el zumbido del motor. ‘Joder, desde anoche te vi mirando’, gruñó, bajándome las bragas de un tirón. Yo jadeaba, ‘Sí… te vi follando, me puse cachonda perdida’. Me giró contra la pared metálica, fría contra mis tetas. Su polla dura como piedra salió disparada, gorda, venosa, la cabeza brillando de pre-semen. Me la metí en la boca primero, chupando fuerte, saliva goteando por la barbilla. ‘Mmm, qué puta boca’, masculló, agarrándome el pelo. Oí pasos lejanos en el hueco de la escalera, el corazón en la garganta. El riesgo me empapaba más, el coño chorreando por mis muslos.
El éxtasis enjaulado
Me levantó una pierna, me abrió en canal y embistió. ‘¡Ahhh!’, grité, pero tapó mi boca con la mano. Su polla me partía, entraba hasta el fondo, golpeando mi cervix con cada empujón salvaje. ‘Cállate, nena, que nos oyen’, susurró, pero follaba más fuerte, el ascensor temblando. Sudor nos pegaba, olores a sexo crudo, coño mojado y huevos sudados. Le arañé la espalda, ‘Fóllame más, rómpeme el coño’. Cambiamos, yo encima, cabalgándolo como una loca, tetas botando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros. Gemí bajito, mordiéndome el labio hasta sangrar. Sentí su polla hincharse, ‘Me corro… trágatelo todo’. Eyaculó dentro, leche caliente llenándome, chorros potentes que me hicieron correrme temblando, piernas flojas.
Pulsó el botón, el ascensor bajó. Nos subimos la ropa a prisa, semen goteando por mi pierna. Puertas abiertas en su piso, salimos riendo nerviosos. ‘Mañana más’, guiñó. Al día siguiente, pasillo desierto. Nos cruzamos, él con la bolsa de basura, yo con el café. Nuestras miradas chocaron, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina’, dijo bajo, rozándome la mano. Sentí el secreto quemándonos, el pasillo oliendo a nuestra noche. Oí su puerta cerrarse, y ya planeaba la próxima. El edificio nunca fue tan excitante.