Vivo en un viejo edificio de Madrid, en el cuarto piso. Al lado, Pablo y su mujer, Carmen. Él es alto, moreno, con esa mirada que te desnuda. Hacía meses que lo notaba. Siempre en el ascensor, rozándonos ‘sin querer’. Sus manos rozando mi culo, yo fingiendo no darme cuenta. El corazón latiéndome fuerte, el ding del ascensor como un aviso.

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Todo empezó un domingo por la tarde. Oí pasos en el pasillo, ruidos ahogados. Me asomé por la mirilla: Pedro, mi marido, tenía a Carmen contra la pared. Manos por debajo de la falda, ella riendo bajito, mordiéndose el labio. ‘Shh, nos oirán’, susurraba. Mi coño se mojó al instante. El frisson del peligro, tan cerca de casa. No dije nada. Al día siguiente, en el supermercado, Pablo me guiñó el ojo. Sabía que lo sabía.

La tensión que estalla en el edificio

La tensión subió. En el ascensor, solos, me acorraló. ‘Maria, no aguanto más verte así’, murmuró, su aliento en mi cuello. Intenté apartarme, pero su polla dura contra mi vientre… Dios. ‘Para, Pablo, nos pillan’. Pero mis pezones se marcaron bajo la blusa. Él sonrió, mano en mi teta. El ascensor paró. Salí temblando, el pasillo vacío, pero el aire cargado.

Una mañana temprana, los maridos ‘salieron a correr’. Pedro besó mi mejilla, ‘Vuelvo en una hora’. Oí la puerta de al lado. Esperé, nerviosa. Pasos… la llave en mi cerradura. Era Pablo, sudado, en pantalones cortos. ‘Carmen está con Pedro. Nos toca’. Cerré los ojos, el pulso en las sienes. La barrera cayó. Lo metí dentro, besos torpes, urgentes.

En la cama, crudo. Me arrancó la camiseta, chupando mis tetas. ‘Joder, Maria, qué pezones duros’. Gemí, arañándole la espalda. Olía a sudor, a hombre. Bajó mis bragas, dedo en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta’. ‘Cállate y fóllame’, jadeé. Se quitó los pantalones, su polla gorda, venosa, saltando libre. La tragué con la boca, saliva goteando, él gimiendo ‘Sí, así, chúpamela toda’. Miedo a los vecinos, pero excitaba. Oía el ascensor lejano, pasos en el pasillo.

El secreto compartido en el pasillo

Me puso a cuatro patas, ventana entreabierta, aire fresco en la piel. Entró de golpe, polla abriéndome el coño. ‘¡Ah! Despacio… no… más fuerte’. Me taladraba, huevos golpeando mi culo, sonido húmedo, chap chap. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, gruñó. Le pedí más, ‘Fóllame el culo si quieres’. Dudó, escupió en mi ano, empujó lento. Dolor placer, estirándome. ‘Joder, qué prieto’. Me corrí gritando bajito, mordiendo la almohada, chorros en las sábanas. Él embistió salvaje, ‘Me corro… dentro’. Semen caliente llenándome, goteando.

Quedamos jadeando, sudor pegajoso. ‘Vete ya’, susurré, oyendo voces abajo. Se vistió rápido, beso fugaz. Yo me duché, coño palpitando, sonrisa culpable.

Al día siguiente, pasillo. Pedro y yo bajando basura. Pablo y Carmen saliendo. Nuestras miradas chocaron. Él sonrió ladeado, yo crucé piernas, sintiendo el secreto quemar. Carmen charló normal, Pedro rojo. ‘Buen día’, dijo Pablo, voz ronca. Ascensor juntos, silencio eléctrico. Rozó mi mano. Salí ardiendo. El edificio nunca fue igual. Quiero más.

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