Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Elena y yo nos conocemos desde el insti, pero con el tiempo nos perdimos. Un día me la cruzo en el rellano, con esa falda ajustada que le marca el culo perfecto. Me saluda con una sonrisa pícara, y noto cómo sus ojos recorren mi cuerpo. ‘¿Qué tal, vecina?’, dice, y su voz suena ronca, como si supiera algo.

Al día siguiente, en el ascensor. Estamos solas, el zumbido del motor, el aire cargado. Se acerca, su perfume dulce me invade. ‘Te vi ayer por la ventana, tocándote en el balcón’, susurra. Me quedo helada. ¿Me vio? El calor sube, mis pezones se endurecen bajo la blusa. ‘¿Y qué?’, respondo, desafiante. Su mano roza mi cadera. ‘Me mojé viéndote’. El ascensor para en su piso. Me coge de la mano, tira de mí hacia su puerta. Cierro los ojos, el corazón latiendo fuerte. La puerta se abre, entramos. Sus labios en los míos, un beso salvaje, lenguas enredadas.

La mirada que lo cambió todo

Ya dentro, jadeamos. ‘Quítate la ropa’, ordena, quitándose la falda. Su coño rasurado brilla de humedad. La empujo contra la pared, el eco de nuestros pasos en el pasillo vacío. Le arranco las bragas, mis dedos entran en su chochito empapado. ‘Joder, estás chorreando’, gimo. Ella me agarra las tetas, pellizca los pezones. ‘Fóllame con la lengua’. Me arrodillo, el suelo frío contra mis rodillas. Lamo su clítoris hinchado, saboreo su sal. Sus gemidos suben, ‘¡Sí, así, no pares!’. Temo que los vecinos oigan, los muros son finos, pero eso me excita más. Meto dos dedos, los muevo rápido, chupando fuerte.

Se corre temblando, un chorro me moja la cara. ‘Ahora tú’, dice, incorporándose. Me tumba en el sofá, abre mis piernas. Su boca en mi coño, lengua experta. ‘Qué rica estás, vecinita’. Gimo alto, tapándome la boca. Oigo pasos en el pasillo, ¿alguien? El peligro me hace correrme ya, arqueo la espalda, ‘¡Me vengo, joder!’. No para, mete dedos en mi culo mientras lame. Otro orgasmo me sacude.

El clímax en su piso y el secreto al día siguiente

Pero no basta. ‘Quiero tu coño en mi cara’, le digo. Nos ponemos en 69, su culo sobre mí. La penetro con tres dedos, ella con la lengua en mi ano. Gemidos ahogados, sudor mezclado. ‘Fóllame el culo’, suplica. Escupo en su roseta, meto un dedo, luego dos. Se mueve contra mí, ‘Más, métemela entera’. La follo analmente con los dedos mientras froto su clítoris. Se corre gritando, yo también, mordiéndome el labio para no chillar.

Caemos exhaustas, respiraciones entrecortadas. El sol se filtra por las persianas, aire fresco del balcón abierto. Nos besamos lento, cuerpos pegados. ‘Esto ha sido una locura’, murmura. ‘El mejor secreto del edificio’, respondo riendo bajito.

Al día siguiente, en el rellano. Nos cruzamos, ella con la compra. Nuestras miradas se clavan, sonrisas cómplices. ‘Buen día, vecina’, dice con guiño. Siento el calor entre las piernas recordando su coño en mi boca. Los vecinos pasan, ajenos. Nuestro secreto quema, promete más. El ascensor espera, ¿repetimos?

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