¡Madre mía, qué fuerte lo que me pasó el otro día con el vecino del quinto! Vivo en un edificio viejo de Barcelona, de esos con balcones que se miran de frente. Me encanta salir temprano al mío, en camisón corto, con un café en la mano. El aire fresco del amanecer, el ruido lejano de los coches… y esa vista perfecta al balcón de enfrente.
Eran como las siete y media. Lo vi llegar corriendo, sudado perdido. Es un tío normal, metro setenta y ocho, setenta kilos, barba de tres días, ojos marrones, pinta de aventurero. Siempre con shorts ajustados que marcan paquete. Eh… lo había saludado alguna vez en el rellano, pero nada más. Se apoyó en la barandilla de su balcón, jadeando. La luz del sol filtraba por las persianas entreabiertas de mi habitación, y desde ahí tenía ángulo perfecto.
La mirada furtiva desde el balcón
De repente, miró alrededor. Nadie. Bajó un poco el short, metió la mano dentro. ¡Joder! Empezó a frotarse la polla despacio, con movimientos circulares. La vi endurecerse bajo la tela. Respiraba hondo, pecho subiendo y bajando. Yo me quedé clavada, el café olvidado. El corazón me latía fuerte. ¿Me había visto? Seguí mirando, hipnotizada. De pronto, tiró el short a medio muslo, culotte no llevaba. Su mano derecha agarraba esa verga gruesa, chata, venosa. La meneaba firme, arriba abajo, mientras con la izquierda se tocaba los huevos. Gemía bajito, o eso me pareció oír con el viento.
Se mordió el labio, aceleró. Miró a un lado… y sus ojos clavados en los míos. ¡Me pilló! Sonrió pillo, guiñó un ojo. Siguió pajeándose más rápido, polla hinchada, brillante de precum. Onduló la cadera, gruñendo. Un espasmo, y chorros de lefa salpicando el suelo del balcón. Pantelante, se limpió con la mano, se subió el short. Me lanzó: “¿Te gustó el espectáculo?”. Balbuceé un sí, roja como un tomate. Él rio: “A la próxima, en persona”. Se metió dentro.
El polvo intenso en el ascensor y el secreto del día después
Me quedé temblando, coño empapado. Toda la semana pensando en esa polla, en su mirada. ¿Volvería a pasar? El sábado, bajando al garaje, el ascensor pitó. Entró él, olor a jabón fresco mezclado con sudor viejo. Silencio pesado. Nuestras miradas chocaron. “Te vi mirándome”, murmuró. Tragué saliva. “No pude evitarlo… estaba tan… dura”. Sonrió. El ascensor bajó lento, luz parpadeante. De repente, me empujó contra la pared. Sus labios en mi cuello, manos subiendo mi falda. “Aquí mismo, ¿eh? Calla, que nos oigan”.
La puerta aún no cerrada del todo. Me bajó las bragas de un tirón, dedos en mi coño chorreante. “Joder, qué mojada estás, puta vecina”. Gemí, mordiéndome. Saqué su polla, ya tiesa como piedra. La chupé rápido, saliva goteando, sabor salado. Él gruñó: “Mierda, esa boca…”. Me levantó una pierna, me clavó la verga de golpe. ¡Ay! Entró hasta el fondo, follando duro, culazos contra mi culo. El ascensor traqueteaba, botones pitando. “Córrete, zorra, pero sin gritar”. Me frotaba el clítoris, polla hinchándome el coño. El placer del peligro, vecinos arriba… Me corrí temblando, coño apretando su tronco. Él embistió más, “Me voy a correr dentro”. Caliente, espeso, llenándome. Se retiró jadeando, semen bajando por mi muslo.
Nos arreglamos rápido, sudorosos. El ascensor abrió. “Hasta mañana”, susurró con guiño. Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos. Él con bolsas, yo con la basura. Mirada cómplice, sonrisas. “Buen día, vecina”. “Igual, guapo”. Ese secreto quemándonos, el roce accidental de manos. Sé que repetiremos. El edificio nunca fue tan excitante.