Ayer por la mañana, oí pasos pesados en el pasillo del edificio. Era Paco, el vecino del 3B, el gordo calvo con barriga de cerveza, y su colega Musti, el moreno joven y fibroso del 2A. Vinieron a instalar la lavadora nueva que pedí ayuda para subir. ‘¿Estás sola?’, preguntó Paco con esa voz ronca, mientras yo abría la puerta en bata rosa, descalza, el corazón latiendo fuerte. Mi marido estaba escondido en el armario de la cocina, con un ojo en la rejilla, como acordamos la noche antes. Me excité solo de pensarlo.

Entraron sudando, cargando el paquete grande. ‘Hace calor, ¿eh?’, dije, dejando que la bata se abriera un poco, mostrando la camisita de seda blanca que apenas tapaba mis tetas. Paco soltó un silbido bajo, Musti se quedó mirando mis muslos. Los dirigí a la cocina, el clic de mis chanclas en el suelo de baldosa. Del armario, rascé la rejilla para que mi marido supiera que empezaba el juego. ‘Tu marido no está, ¿verdad?’, preguntó Paco, mientras abrían la caja con ruido de cartón rasgándose.

La tensión sube en la cocina compartida

Me apoyé en el armario, sintiendo la mirada de mi marido a centímetros. La bata se deslizó, revelando la seda. ‘Es pura, regalito de boda’, murmuré, girándome para enseñar el culo. Paco tragó saliva, su mano rozó mi cadera. ‘Suave como la piel de una puta’, gruñó. Musti se acercó, con los ojos fijos en mis pezones duros bajo la tela. La tensión crepitaba, el olor a sudor masculino llenaba la cocina. Sabía que nos oirían los vecinos si gritábamos, pero eso me ponía más cachonda.

No aguanté más. Me quité la bata, solo en camisita y tanga. ‘Primero el trabajo’, dije juguetona, pero me agaché sobre la máquina, abriendo el tambor, el culo en pompa. Paco se tumbó debajo para conectar las tuberías, su cara justo bajo mi coño. ‘¿Qué es esto?’, pregunté inocente, plantando tacones a cada lado de su cabeza. Bajé despacio, frotando mi tanga húmeda en su boca barbuda. Él la apartó con la lengua, lamiendo mi clítoris como un cerdo hambriento. ‘¡Joder, qué coño tan rico!’, jadeó.

El clímax prohibido y el cruce ardiente en el pasillo

Musti no se quedó atrás. Sacó su polla morena, gruesa, circuncidada, y me la metí en la boca. Chupé fuerte, baboseando, el sabor salado invadiéndome. Mi marido gemía bajito detrás de la rejilla, pajeándose. Paco me metió dos dedos en el culo mientras lamía, estirándome. ‘Vas a probar mi verga gorda’, prometió. Me levanté, me quité la camisita y tanga, desnuda solo con chanclas. Empujé a Musti sobre la mesa, monté su polla de un tirón. ‘¡Aaaah!’, grité, el coño chorreando. Paco se puso detrás, escupió en mi ano y empujó su cabeza de champiñón púrpura. Dolía, pero follaba delicioso. ‘¡Fóllame el culo, cabrón!’, supliqué, mientras los dos me taladraban alternando, pollas chocando dentro de mí.

Sudor, jadeos, el slap-slap de carne contra carne. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcaban pezones. ‘¡Córrete dentro, llenadme!’, ordené. Paco explotó primero, su leche caliente inundando mi culo, goteando. Musti me folló el coño hasta vaciarse, semen mezclándose y chorreando por mis muslos. Me corrí gritando, mordiéndome el labio por no alertar al pasillo. Se vistieron rápido, dejaron la máquina y se fueron con un guiño.

Corrí al armario, saqué a mi marido tieso como una barra. En la cama, a cuatro patas, le ofrecí mi coño y culo llenos de leche ajena. ‘¿Te gustó verme follada por los vecinos?’, gemí mientras me empalaba su polla. Él me azotó el culo marcado, me sodomizó furioso hasta correrse dentro, mezclando todo. Hoy, en el pasillo, crucé con Paco y Musti. Sonrisas cómplices, olor a sexo flotando. ‘Volveremos por la llave que olvidamos’, susurró Paco. Mi coño palpita ya pensando en ello.

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