Era jueves por la tarde, el pasillo del edificio estaba en silencio, solo se oían los pasos lejanos de alguien bajando las escaleras. Llamé a la puerta de Carlos, mi vecino del quinto, con quien charlo a menudo de todo, hasta de mis rollos más íntimos. Él abrió en albornoz blanco, el pelo revuelto y una sonrisa juguetona.
—Pasa, iba a ducharme, pero siéntate, ahora vengo —dijo, dejando entrever su pecho peludo.
La tensión que estalla en su piso
Me serví un vaso de vino tinto de la botella que tenía en la mesa. El agua empezó a correr en el baño, un chorro fuerte que retumbaba. Esperé, nerviosa sin saber por qué. Salió desnudo, completamente, gotas resbalando por su torso firme, la polla colgando gruesa entre las piernas musculosas, semi erecta ya.
Joder, me quedé clavada mirándola. Él se rio bajito. ¿Quieres una ducha tú también? Hace un calor de cojones hoy.
—Vale… —murmuré, el corazón latiéndome fuerte. Me quité la camiseta, los shorts, quedando en bragas. Sus ojos me recorrían las tetas duras, los pezones tiesos. Me las quité también, y entramos juntos bajo el agua caliente que nos golpeaba la piel.
Sus manos jabonosas en mi espalda, bajando lentas hasta las nalgas. —Estás buenísima, ¿lo sabías? —susurró en mi oído, su aliento caliente contra mi cuello.
Sentí su polla rozándome el culo, endureciéndose. Oímos pasos en el pasillo, alguien pasando por delante de la puerta. Nos quedamos quietos, el agua tapando nuestros jadeos. —Si nos pillan… —dije yo, excitada por el miedo.
—¿Y qué? Solo nos estamos haciendo un masaje —respondió él, riendo suave, mientras sus dedos se colaban entre mis piernas, rozando mi coño ya mojado.
Me giré, mi mano bajó a su polla dura como piedra, gruesa, venosa. La apreté, la moví despacio, sintiendo el glande hinchado. Él gimió bajito, el sonido ahogado por el agua. Le enjaboné las pelotas pesadas, apretándolas suave. No hablábamos más, solo respiraciones rápidas.
El clímax húmedo y el secreto compartido
Me arrodillé, el agua cayendo en mi cara. Su polla delante, perfecta, curvada un poco hacia arriba. La lamí desde la base, subiendo hasta el glande salado. Él metió los dedos en mi pelo mojado, empujando suave. La metí en la boca, chupando fuerte, hasta la garganta. —Joder, qué boca… —gruñó él, conteniéndose.
Oímos la puerta del vecino de al lado cerrarse de golpe. El peligro nos encendió más. Me puse de pie, él me besó con lengua, salvaje, mordiendo mis labios. Me levantó contra la pared fría de azulejos, el agua resbalando. Su polla rozó mi entrada, resbaladiza.
—Métemela ya —le supliqué, la voz ronca.
Empujó de un golpe, llenándome el coño hasta el fondo. Folló duro, embestidas rápidas, el slap slap contra mi piel. Mis tetas rebotaban, él las chupaba, mordiendo pezones. —Vas a hacer que grite y nos oigan todos —jadeé, clavándole las uñas en la espalda.
—Grita si quieres, puta vecina —me dijo al oído, acelerando. Mi clítoris palpitaba contra su pubis, el orgasmo subiendo como una ola. Me corrí temblando, el coño apretándolo, chorros de placer. Él siguió, gruñendo, hasta que sacó la polla y se corrió en mi barriga, leche caliente mezclada con agua, espesa y abundante.
Nos secamos mutuamente, riendo nerviosos, pollas y coños aún sensibles. Nos vestimos rápido, el espejo empañado mostrando nuestras caras rojas.
Al día siguiente, en el pasillo angosto, nos cruzamos. Él bajaba las escaleras, yo salía del ascensor. Nuestras miradas se engancharon, un secreto ardiendo. —Buen día, vecina —dijo con guiño, pasando rozándome el brazo.
—Igualmente —respondí, sintiendo el coño humedecerse de nuevo al recordar su polla dentro. Nadie sabe, pero cada cruce de ojos es una promesa de más.