Volvía tarde, pasadas las dos. La cabeza me daba vueltas, no recordaba ni dónde había estado. Solo sentía el calor pegajoso entre las piernas, el coño hinchado de deseo. Subí al portal, tacones resonando en el silencio del pasillo. Huelo mi perfume mezclado con sudor ajeno. Los ronquidos de mi marido, Georges, retumban desde arriba. Dudé en la escalera… Sus bofetones queman aún, pero su polla bestial me había dejado con ganas de más.

Entré sigilosa. Él gruñó al oírme, se giró en la cama. No dijo nada, solo me arrastró. Me folló toda la noche, en cuatro, de lado, encima. ‘¡Cállate, puta!’, masculló mientras me embestía. Gemí ahogada, mordiendo la almohada. Su semen caliente me llenó el coño, pero al amanecer… vacío. No era suficiente. Necesitaba algo prohibido, ese cura joven del piso de al lado.

La tensión que subía en el ascensor

Lo había visto mil veces. Se mudó hace meses, alto, fuerte bajo la sotana negra. Por la rendija de las persianas, lo pillé tocándose la polla gorda una noche. Luz tenue filtrándose, su mano subiendo y bajando, jadeos bajos. Me corrí mirándolo, dedos en mi clítoris palpitante.

Al día siguiente, ascensor. Vacío, solo él y yo. ‘Buenas, padre’, murmuré, voz ronca. Él tragó saliva, ojos bajando a mis tetas apretadas en la blusa. ‘Señora Rolande… ¿bien?’. El cubo zumbaba bajando, roce accidental de su brazo en mi cadera. Aire cargado, mi coño mojándose. Salimos, pero su mirada… fuego. ‘Si necesita confesarse…’, susurró en el pasillo. Asentí, temblando.

Esa noche no dormí. Al día siguiente, esperé a que Georges saliera al curro. Vestido rojo ceñido, sin bragas. Toco su puerta, corazón latiendo fuerte. Abre, sorpresa. ‘Padre… tengo pecados graves. ¿Puedo pasar?’. Entra, cierra con clic suave. Su piso huele a incienso y hombre. ‘Siéntese, hija mía’. Pero yo… no. Desabrocho la blusa lento. ‘Mis tetas arden por usted, padre. Mírelas, pesadas, pezones duros solo para su boca’.

El polvo intenso y el secreto compartido

Sus ojos se abren, cara roja. ‘¡No, esto es pecado!’. Pero su sotana se tensa, polla enorme marcada. Me acerco, saco sus tetas gordas y las aplasto contra él. Gime, manos temblando en mi culo. ‘¡Dios… tan suaves!’. Chupa un pezón voraz, tira con dientes. Yo… arqueo espalda, ‘¡Sí, chupe fuerte, padre!’. Le bajo la sotana, polla salta libre, venosa, cabezota brillando precúm.

La agarro, masturbo rápido. ‘¡Qué verga tan gorda! Fóllame, por favor…’. Me empuja contra la pared, falda arriba. Dedos en mi coño empapado, ‘¡Estás chorreando, puta pecadora!’. Me penetra de golpe, toda la polla hundiéndose. ‘¡Aaaah!’, grito bajo. Embiste brutal, plaf plaf contra mi culo. ‘¡Cállate o nos oyen los vecinos!’, jadea. Pero yo… ‘¡Más fuerte, métemela hasta el fondo! ¡Fóllame el coño como a una perra!’.

Sudor goteando, sus huevos golpeando mi clítoris. Me gira, piernas en su cintura, me clava de pie. ‘¡Me corro, padre! ¡Lléname de leche!’. Él gruñe, ‘¡Toma mi semen divino!’. Chorros calientes inundan mi útero, piernas temblando. Caemos al suelo, besos sucios, lenguas enredadas.

Al día siguiente, pasillo. Él sale con biblia en mano. Nuestras miradas chocan… sonrisa cómplice, secreta. Mi coño palpita aún. Paso rozándole, susurro ‘Hasta la próxima confesión, padre’. Él asiente, sotana abultada otra vez. El ascensor espera, vacío.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *