Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que viví ayer en el puto pasillo de mi edificio. Yo venía de currar, cansada, con las tetas sudadas bajo la blusa, cuando paso por la puerta del 3B, la oficina de esa secretaria vecina, Sol, tan guarra siempre con sus faldas que se suben solas. La puerta está entreabierta, un hilito de luz amarilla se filtra, y oigo voces. Un hombre, voz grave, tartamudeando. Me paro en seco. El corazón me late fuerte, el pasillo está vacío, solo el zumbido del ascensor lejano.
Me acerco sigilosa, el suelo cruje un poco bajo mis zapatillas. Me agacho, despacito, para no hacer ruido. Joder, qué vista. Sol está sentada en su escritorio, piernas cruzadas, medias negras brillando bajo la falda corta. Frente a ella, un tío maduro, unos 50 tacos, cara roja como un tomate, pantalón desabrochado, inclinado hacia delante. Se frota las manos nervioso, los ojos clavados en la mesa. ‘¿Y bien, señor Dupré? ¿Madame Barnier ya le ha castigado por sus faltas?’, le dice ella con voz ronca, juguetona. Él murmura: ‘Sí… me… me puso a cuatro patas, falda subida… veinte azotes con la badina en las nalgas desnudas’. Yo contengo la respiración, siento un calor entre las piernas. El aire del pasillo huele a su perfume, dulce y pesado.
La Tentación en el Pasillo
Sol se ríe bajito, cruza y descruza las piernas, el roce de las medias suena como un susurro obsceno. ‘¿Y qué sentías, eh? ¿Te ponía la polla dura sentir sus muslos apretándote la cabeza?’. Él baja la vista, traga saliva: ‘Sí… la piel caliente, los tacones clavándose cerca…’. Joder, la tensión sube. Yo estoy arrodillada, la rodilla en el frío suelo, y noto mi coño humedeciéndose, los labios hinchándose. Me muerdo el labio. La puerta del ascensor hace ding lejano, me cago de miedo, pero no me muevo. La barrera del vecino se rompe ahí, en ese pasillo compartido, todos tan cerca.
De repente, Sol se pone seria: ‘Mírate, con esa erección ridícula. Bájalos ya’. Él obedece como un perrito, pantalón y calzoncillos a los tobillos. ¡Hostia puta! Su polla sale tiesa, gorda, venosa, la cabeza morada reluciente de pre-semen. Salta dura, apuntando al techo. Sol saca del cajón una culotte negra de encaje, la pone plana en la mesa. ‘Pajeate encima. Ahora’. Él duda un segundo, mano temblorosa en la verga, empieza a bombear lento. El sonido es húmedo, chap-chap, piel contra piel. Yo me meto la mano en la falda, toco mi clítoris palpitante por encima de las bragas. ‘Más rápido, cabrón. Mira mis piernas, mis medias… ¿Te mueres por lamerlas?’, le ordena ella, voz firme, moqueando. Él jadea: ‘S-sí… por favor…’. Acelera, la polla hinchada, huevos apretados. Yo froto más fuerte, noto el jugo chorreando, un gemido se me escapa bajito. Miedo a que me oigan, pero el placer del riesgo me enloquece.
El Clímax Brutal y el Secreto Compartido
Sus caderas se mueven, gruñe: ‘Me… me corro…’. Ella: ‘¡Sobre la culotte, vacío las bolas, joder!’. Un chorro blanco sale disparado, salpica la tela, otro, viscoso y caliente, goteando. Él tiembla, rodillas flojas, semen resbalando. Sol anota algo, se levanta, le da una nalgada: ‘Vístete y lárgate, sin eso’. Él se sube todo torpe, sale rojo, polla flácida colgando aún. Yo me corro en silencio, coño contrayéndose, jugos empapando las bragas.
Al día siguiente, en el ascensor. Sol entra, sonrisa pícara, ojos brillantes. ‘¿Dormiste bien, vecina?’, me dice rozándome el brazo. Nuestras miradas chocan, el secreto quema. ‘Perfecto… y tú?’, balbuceo. Ella guiña: ‘Como una reina’. Puertas se abren, salimos, el pasillo ya no es el mismo. Ese frisson prohibido nos une para siempre.