Era una noche de verano asfixiante en el bloque. Yo, con mi copa de vino en la mano, salí al balcón a fumar un cigarro. El aire estaba quieto, solo se oía el zumbido lejano de la ciudad. De repente, risas bajas del balcón de al lado. Los vecinos, Gil, ese tipo alto y moreno que parece un pirata de película, y su mujer Lara, curvilínea, con tetas que desafían la gravedad. La luz de su salón filtraba por las persianas entreabiertas. Me acerqué un poco, curiosa… y los vi.
Él la tenía apoyada contra la barandilla, susurrándole al oído mientras le subía la falda. ‘Imagina que somos en alta mar, descubriendo islas vírgenes’, le decía con voz ronca. Ella gemía bajito, arqueando la espalda. Sus manos bajaron a su polla, que ya asomaba dura por el pantalón. Yo me quedé paralizada, el corazón latiéndome fuerte. El olor a jazmín del balcón vecino se mezclaba con su excitación. Apagué el cigarro rápido, pero no pude dejar de mirar cómo él le metía los dedos, ella mordiéndose el labio para no gritar.
La Mirada Indiscreta y la Tensión en el Ascensor
Al día siguiente, en el ascensor. Solos. Él entró detrás de mí, oliendo a mar y sudor fresco, como si acabara de volver de un viaje. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Sabía que lo había visto. ‘Buenas, vecina… ¿dormiste bien anoche?’, murmuró con una sonrisa lobuna. El ascensor zumbaba, subiendo lento. Su mano rozó mi culo ‘por accidente’. Sentí un calor traicionero entre las piernas. ‘Tu balcón tiene vistas… interesantes’, balbuceé, ruborizada. Él se acercó más, su aliento en mi cuello. ‘Ven esta noche. Quiero enseñarte mi mapa secreto’. La puerta se abrió en mi piso. Dudé… pero asentí.
Subí nerviosa esa noche. Golpeé suave su puerta. Lara abrió, en bata transparente, tetas al aire. ‘Pasa, ya nos vio anoche’, dijo riendo. Gil en el salón, con una botella de ron. Me sentaron entre ellos en el sofá. ‘Cuéntale tu odisea’, le dijo ella. Él empezó: ‘Navegué mares desconocidos, encontré tierras salvajes… como tu coño ahora’. Sus manos ya estaban en mis muslos. Lara me besó el cuello, mientras Gil me bajaba las bragas. ‘Shh, los vecinos oyen todo’, susurré. Pero ya estaba perdida.
El Polvo Brutal y el Secreto Compartido
Gil me tumbó en la alfombra, polla gruesa y venosa palpitando. ‘Mírala, vecinita, esta es mi sextante para follarte profundo’. Me abrió las piernas, lamió mi clítoris hinchado, chupando jugos. ‘Estás empapada, puta voyeur’. Lara se sentó en mi cara, su coño rasurado frotándose contra mi lengua. ‘Come, como si fuera una isla tropical’. Gemí ahogada, mientras Gil embestía. Su polla entraba entera, golpeando mi cervix. Plaf, plaf, plaf. El sofá crujía, las paredes finas del edificio temblaban. ‘¡Cállate, coño, que nos pillan!’, jadeó él, pero follaba más fuerte, mis tetas rebotando. Lara se corrió primero, squirt en mi boca, salado y caliente. Yo exploté, uñas clavadas en su espalda. ‘Lléname, capitán’, supliqué. Él gruñó, descargando chorros calientes dentro, semen goteando por mis muslos.
Nos quedamos jadeando, sudorosos. ‘Vuelve cuando quieras explorar más’, dijo Gil, besándome. Lara guiñó: ‘El ascensor es nuestro barco ahora’.
Al día siguiente, en el pasillo. Él saliendo con la basura, yo con el perro. Nuestras miradas se encontraron. Sonrisa cómplice, un roce disimulado. ‘Buen día… marinero’, murmuré. Él rio bajito. El secreto quema, delicioso. Cada noche miro el balcón, esperando la señal.