Hace unas noches, estaba en mi balcón fumando un cigarro, el aire fresco de Madrid me erizaba la piel. Oí pasos en el pasillo, lentos, como si alguien dudara. Miré de reojo y vi su silueta por las persianas entreabiertas del vecino del quinto. Él, ese tío alto, moreno, con esa mirada que siempre me taladraba en el ascensor. Estaba ahí, de pie frente al espejo, pantalones bajados. Su polla… Dios, dura como una barra, en la mano, subiendo y bajando despacio. Se tocaba pensando en algo, o en alguien. En mí, quizás. Me quedé paralizada, el corazón latiéndome fuerte. El ruido de sus jadeos ahogados llegaba flojo, pero claro. Mi coño se mojó al instante. Apagué el cigarro y me metí dentro, pero esa imagen me quemaba.

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Al día siguiente, en el ascensor. Solos. Él entró oliendo a colonia fuerte, sudado del gym. Nuestros brazos se rozaron. ‘Buenas’, murmuró, voz ronca. Yo, con la falda corta, crucé las piernas adrede. ‘¿Dormiste bien?’, le pregunté, mirándole fijo a los ojos. Él tragó saliva, su mirada bajó a mis tetas. ‘Mejor que nunca… soñé con azotes’, soltó de repente, como probando. Me reí bajito, el ascensor pitó en mi planta. ‘Si quieres que te azote yo, solo dilo’. Se giró, me acorraló contra la pared. ‘¿Tú? ¿La vecina caliente?’. Sus labios casi en los míos. La puerta se abrió, salí temblando, pero supe que había caído la barrera.

La mirada que lo cambió todo

Esa misma noche, un wasap: ‘Ven a mi piso. Ahora’. Subí descalza, el pasillo vacío, solo el eco de mis pasos. Golpeé suave. Abrió en calzoncillos, polla ya medio tiesa marcándose. Me metió dentro, puerta cerrada con llave. ‘Te vi anoche, tocándote’, le dije, empujándole al sofá. Él sonrió, malicioso. ‘Y tú mirándome, puta voyeur’. Me subí a horcajadas, le bajé los calzoncillos. Su polla saltó, gorda, venosa, con una gota en la punta. La agarré, la apreté. ‘Ahora te vas a enterar’. Le di la vuelta, culo al aire. Mi mano cayó fuerte: ¡zas! ‘¡Joder!’, gritó, pero su polla se endureció más. Azote tras azote, su piel enrojeciendo, el sonido rebotando en las paredes finas. ‘¡Más, cabrona, hazme daño!’.

El fuego en la habitación compartida

No aguanté. Me puse de rodillas, le chupé la polla, saliva chorreando, hasta la garganta. Él gemía alto, ‘¡Cállate o nos oyen los vecinos!’. Me levantó, me tiró en la cama. ‘Ahora yo’. Me abrió las piernas, mi coño depilado brillando de jugos. Me metió dos dedos, luego la lengua, lamiendo mi clítoris hinchado. ‘Estás empapada, zorra’. Me azotó el culo mientras me follaba con la boca. Luego, su polla entró de un golpe, dura, llenándome. ¡Plaf, plaf! Golpes secos, sudor goteando. ‘¡Fóllame más fuerte!’, grité, arañándole la espalda. Cambiamos: le monté, rebotando, tetas saltando. Le azoté la cara, ‘¡Dime que soy tu ama!’. ‘¡Sí, joder, mi ama, mi puta!’. Se corrió dentro, caliente, yo exploté temblando, coño contrayéndose.

Al día siguiente, en el pasillo. Él saliendo con la bolsa de basura, yo con el café. Nuestros ojos se cruzaron, sonrisas culpables. ‘Buen culo el tuyo’, susurró pasando rozándome. ‘Y el tuyo marcado aún’, le guiñé. El secreto quema, delicioso. Cada crujido del edificio ahora es promesa de más.

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