Anoche no podía dormir. La luz de la luna se colaba por las persianas del balcón, filtrándose en rayas finas sobre mi cama. Oí pasos en el pasillo, pesados, como de alguien cargando bolsas. Luego, risas ahogadas. Me acerqué a la ventana, curiosa. Al lado, en el balcón de enfrente, él. Mi vecino del quinto, ese tipo de unos 40, moreno, con cuerpo de gym. Estaba con una tía, besándose como lobos. Ella le metía mano dentro del pantalón. Yo… me quedé paralizada. El corazón me latía fuerte. No pude apartar la vista.

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Sus gemidos subían flojitos, pero claros en la noche quieta. Él le bajó los pantalones, la puso contra la barandilla. La penetró de un empujón, polla dura brillando a la luz de la calle. Ella arqueó la espalda, pidiendo más. Yo sentía el calor entre mis piernas. Me toqué sin pensarlo, imaginando esa polla en mí. El aire fresco del balcón me erizaba la piel. Se corrieron rápido, él gruñendo bajito. Luego, silencio. Me retiré, jadeando, con las bragas empapadas.

La mirada indiscreta que lo cambió todo

Hoy, bajando al garaje, el ascensor pitó. Entró él, solo. Nuestras miradas chocaron. Sonrió, como sabiendo. ‘Buenas noches no fueron, ¿eh?’, murmuró, voz ronca. Me ruboricé. ‘Te vi’, solté, sin filtro. Se acercó, el espacio se achicó. Su olor a colonia y sudor me mareó. ‘Y yo a ti, mirándome’, dijo, mano en mi cintura. El ascensor bajó lento, pisos marcando el pulso. Sus labios rozaron mi cuello. ‘Joder, no pares’, susurré. Paró en el tercero, vacío. Puertas cerradas. Nos besamos salvajes, lenguas enredadas.

Me levantó la falda, dedos directos a mi coño húmedo. ‘Estás chorreando’, gruñó. Le bajé la cremallera, polla gruesa saltando libre. La apreté, palpitante. ‘Fóllame ya’, rogué. Me giró contra la pared, piernas abiertas. Entró de golpe, llenándome hasta el fondo. Gemí alto, el eco rebotando. ‘Cállate o nos pillan’, jadeó, tapándome la boca. Pero follaba duro, pellizcándome el culo, embistiéndome como animal. Yo empujaba contra él, clítoris rozando la pared fría. Sudor goteando, respiraciones entrecortadas.

El polvo brutal y el regreso cargado de secreto

‘Vas a correrte, puta’, me susurró al oído, acelerando. Sentí el orgasmo subiendo, piernas temblando. Él me clavó más profundo, huevos chocando. Me corrí gritando en su mano, coño apretándolo. Él explotó dentro, leche caliente inundándome. ‘Joder, qué coño tan apretado’, soltó, corriéndose en espasmos. Nos quedamos jadeando, pegados, semen chorreando por mis muslos.

El ascensor llegó al garaje. Nos arreglamos rápido, sonrisas cómplices. ‘Mañana más’, dijo guiñando. Subí a casa flotando, el cuerpo dolorido de placer. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la compra, yo volviendo del gym. Nuestros ojos se comieron. ‘Buen polvo, vecina’, murmuró bajito, rozándome al pasar. Sonreí, mordiéndome el labio. ‘El secreto del edificio’, respondí. Pasos en el pasillo, puertas cerrándose. Ese fuego prohibido nos quema cada vez que nos vemos. Y quiero más.

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