Era un lunes de finales de mayo, con esa calor pegajosa que te hace sudar hasta en bragas. Estaba en mi balcón, fumando un cigarro, con las persianas un poco abiertas para que entrara el aire. Del edificio de enfrente, en el cuarto piso, vi a Guillermo, mi vecino el profe jubilado de unos sesenta, calvo y con esa mirada torcida. Hablaba con Lola, la rubia tetona del quinto, y Sara, la morena con culo de reina. Ellas reían bajito, ella con la blusa desabotonada dejando ver el borde del sujetador, Lola cruzando las piernas para que se le subiera la falda. Él se ponía rojo, tartamudeando. ‘Venga, profe, no seas tímido’, le dijo Sara, tocándole el brazo. El aire olía a jazmín del patio, y oí sus pasos en el pasillo cuando se fueron.

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Bajé al supermercado, el ascensor pitó. Entró Guillermo, solo. Sus ojos se clavaron en mi escote, sudado por el calor. ‘Buenas, Carmen’, murmuró, voz ronca. Yo sonreí, me apoyé en la pared, sintiendo su mirada bajando por mis muslos. El ascensor tembló entre pisos, se paró. ‘Mierda’, dijo él, acercándose. Su mano rozó mi cadera. ‘¿Qué pasa, vecino? ¿Te calientan las chicas de arriba?’, le susurré, juguetona. Él tragó saliva. ‘Tú… eres peor’. Nos miramos, el corazón latiendo fuerte. Sus labios rozaron los míos, un beso rápido, prohibido. ‘Esta noche, sótano, a las 11. La puerta de atrás está rota’, me dijo al abrirse. Salí temblando, coño ya húmedo.

La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor

A las 11, bajé sigilosa. El sótano olía a humedad y gasolina, luces fluorescentes parpadeando. Él esperaba tras unas cajas, pantalón bajado, polla medio dura. ‘Ven aquí, puta vecina’, gruñó, tirando de mí. Me arrinconó contra la pared fría, manos en mis tetas, apretando fuerte. ‘Quítate las bragas’, ordenó. Las bajé, él metió dedos en mi coño chorreante. ‘Joder, estás empapada por espiarme, ¿eh?’. Gemí, mordiéndome el labio. Me giró, falda subida, y metió la polla de un empujón. ‘¡Ah! Despacio, cabrón’, jadeé, pero empujaba contra mí, follándome duro. Plaf, plaf, el sonido rebotaba en las paredes. ‘Cállate o nos pillan’, siseó, tapándome la boca. Yo me movía, coño apretando su verga gorda, venas pulsando. Me follaba como un animal, huevos golpeando mi culo. ‘Me vas a llenar de leche, ¿verdad?’, le rogué. Él aceleró, gruñendo. Oí pasos arriba, alguien en el portal. El miedo me puso más cachonda, orgasmos me sacudían. ‘¡Córrete dentro, joder!’, grité bajito. Él explotó, semen caliente inundándome, chorros interminables. Me corrí con él, piernas temblando, jugos bajando por muslos.

Nos vestimos rápido, sudorosos, besos robados. ‘Mañana en el pasillo, como si nada’, dijo guiñando. Subí, coño goteando su corrida. Al día siguiente, cruce en el pasillo. Él con la compra, yo en bata. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisas sucias. ‘Buen día, vecino’, dije, rozando su brazo. Sara y Lola bajaban, ajenas. Él se sonrojó, yo sentí el secreto quemando entre piernas. El edificio entero huele a sexo prohibido ahora.

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