Era una noche pegajosa de verano, el balcón abierto dejando entrar ese aire fresco que rozaba la piel. Oí gemidos roncos desde el apartamento de al lado, paredes finas como papel. Me acerqué sigilosa, el corazón latiéndome fuerte, y entreabrí las persianas. La luz amarilla filtraba, iluminando a Pablo, mi vecino del 4º, casado con esa tipa correcta. Estaba desnudo, a cuatro patas en la moqueta, el culo alzado como ofreciéndose. Y ella… una morena que no era su mujer, riendo bajito mientras le metía el dedo en el ojete, despacio al principio, luego hondo. Él gemía, ‘Sí, más…’, arqueando la espalda. Mi coño se empapó al verlo, el frisson de espiar, el miedo a que girara la cabeza y me pillara mirando.

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Al día siguiente, ascensor. Solo él y yo, el zumbido del motor rompiendo el silencio. Nuestras miradas chocan, él se sonroja, suda. ‘Buenas tardes…’, murmura, voz temblorosa. Paso cerca, mi mano roza su paquete, ya tieso bajo el pantalón. ‘Te vi anoche, Pablo. Ese culito tuyo pidiendo dedo’. Se queda tieso, respira agitado. El ascensor para entre pisos, luz parpadeante. Lo empujo contra la pared, beso salvaje, lengua invadiendo. ‘Ven a mi casa esta noche. O le cuento a tu mujer lo que vi’. Asiente, ojos brillantes de miedo y ganas.

La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor

Llega tarde, pasos nerviosos retumbando en el pasillo desierto. Abro la puerta en ropa interior, él entra, olor a colonia barata y excitación. ‘Desnúdate, solo tú. Yo mando’. Obedece, polla medio dura colgando. ‘Al baño, frente al espejo. Manos en el lavabo, piernas abiertas’. Se pone, culo expuesto. Echó lubricante en mi dedo, lo toco primero suave, rodeando el anillo apretado. ‘¿Quieres que entre?’, susurro. ‘Sí… por favor’, gime. Empujo fuerte, hondo, él grita bajito, ‘¡Joder, qué rico!’. Lo follo con el dedo, adentro-afuera, sintiendo cómo se aprieta. Su polla chorrea precum, goteando al suelo.

Lo giro, boca arriba en la cama, piernas arriba sujetas por sus manos. ‘Mírame mientras te abro el culo’. Mi pulgar entra fácil ahora, masajeando dentro, rozando esa próstata que lo vuelve loco. Gime alto, ‘¡Me corro… no puedo!’. ‘¡No corras aún, cerdo!’, le ordeno, frenando. Se retuerce, sudor perlando su pecho. Luego a cuatro patas otra vez, yo detrás, dos dedos ahora, estirándolo. ‘¡Ahhh, duele… pero qué gusto!’, jadea. El vecinos de abajo deben oír los golpes de la cama, los slap-slap de mi mano en sus nalgas. Me encanta el riesgo, puertas que podrían abrirse. Lo masturbo la polla mientras lo dedo, y explota, leche espesa salpicando la moqueta. ‘Límpialo con la lengua’, digo. Duda, pero obedece, lamiendo su propio semen caliente, salado.

El placer anal intenso y el secreto compartido

Lo hago arrodillarse, le meto los dedos pringosos en la boca. ‘Chupa, como buen sumiso’. Él lo hace, ojos suplicantes. Luego me tumbo, piernas abiertas. ‘Ahora mi coño, hazme correr’. Lamía torpe al principio, pero aprende, lengua en mi clítoris hinchado, dedos en mi entrada mojada. Me corro fuerte, gritando, arañándole la cabeza. ‘Buen chico’.

Al día siguiente, pasillo. Él sale con bolsas de la compra, yo con el perro. Nuestras miradas se cruzan, sonrisa cómplice, ese secreto quemando. Su mujer pasa detrás, ajena, pero él me guiña ojo disimulado. Paso rozándolo, susurro ‘Esta noche más posiciones’. El ascensor cierra, y sé que vendrá. El edificio guarda nuestros gemidos.

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