Ayer por la tarde, oí pasos en el pasillo. Ese ruido seco, como tacones contra el suelo viejo del edificio. Me asomé por la mirilla, curiosa. Era ella, Sofía, la vecina del quinto, con 28 años y un cuerpo que quita el aliento. Salía de su piso en bata, el pelo revuelto, oliendo a sexo desde aquí. Su novio Javier acababa de irse al gym, lo sabía por el portazo.
Nuestras miradas se cruzaron cuando abrió la puerta del mío para tirar la basura. ‘¿Todo bien, Carmen?’, me dijo con esa sonrisa pícara. Yo, con 42 tacos, me sonrojé. ‘Sí, nena, solo… oí ruidos’. Ella se acercó, la bata se abrió un poco, dejando ver un pecho perfecto. ‘Ven, entra un segundo, te enseño algo’. El corazón me latía fuerte. Entré, el aire cargado de su perfume mezclado con sudor.
La mirada que lo cambió todo en el pasillo
En su salón, luz filtrando por las persianas, me contó que Javier la había dejado a medias. ‘Me tiene loca, pero a veces necesito más’. Su mano rozó mi brazo, un escalofrío. La tensión subía, el silencio roto solo por nuestra respiración. ‘¿Y si probamos?’, susurró, besándome el cuello. La barrera cayó. Sus labios en los míos, urgentes, lenguas enredadas.
Bajamos al ascensor para ‘tirar la basura’, pero era excusa. Puertas cerradas, botón del sótano pulsado. ‘Aquí nadie nos pilla’, dijo, empujándome contra la pared. Sus manos bajaron mi pantalón, ‘Mira cómo chorreas, puta cachonda’. Yo gemí, palpando su coño depilado, ya empapado. ‘Lámeme, Carmen, méteme la lengua’. Me arrodillé, el metal frío contra mi espalda, olor a su excitación invadiendo todo.
El polvo salvaje con el corazón en la garganta
Le abrí las piernas, falda subida, braga a un lado. Su clítoris hinchado, rosado, lo chupé fuerte. ‘¡Joder, sí! Más adentro’. Lamí su raja jugosa, sorbiendo sus jugos salados, dedo en su ano apretado. Ella jadeaba alto, ‘¡Cállate o nos oyen!’, pero no paraba, follándome la boca con sus caderas. El ascensor zumbaba, pasos lejanos en el rellano… el miedo me ponía más caliente.
Me levantó, ‘Ahora tú’. Me sentó en el suelo, piernas abiertas. ‘Qué coño tan rico, madurita’. Me lamió voraz, dos dedos en mi chocho chorreante, bombeando. ‘Vas a correrte como una fuente’. Gemí tapándome la boca, el placer subiendo, paredes vibrando. ‘¡Me corro, Sofía!’. Squirté en su cara, ella bebiendo todo, riendo. Luego me folló con la lengua, ano incluido, hasta que exploté otra vez, gritando bajito.
Paramos en el sótano, jadeantes, vistiéndonos rápido. Subimos calladas, olor a sexo pegado a la piel. Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos miradas. Javier saludó normal, pero ella me guiñó, tocándose disimulada el coño por encima del pantalón. ‘Buen día, vecina’, susurró. El secreto quema, cada paso en el corredor me moja. ¿Repetimos? El edificio guarda nuestros gemidos.