Ayer, como a las 19:15, bajaba por el pasillo del quinto piso. Mis tacones resonaban, clic-clac, en el mármol frío. De repente, gemidos salvajes desde el piso de Roméo y Juliette, mis vecinos de al lado. La puerta entreabierta, luz anaranjada filtrando por las persianas mal cerradas. Me pegué, el corazón en la garganta. Ahí estaba Eloïse, desnuda, empalada en la polla dura de Roméo en el sofá. Él devoraba sus tetas, mamando pezones erectos. Siriac, de pie detrás, la sodomizaba a toda hostia, su culo tragándose esa verga gruesa. ‘¡Joder, Eloïse, qué puta eres!’, jadeaba Siriac, sudando. Ella gritaba ‘¡Aaaah! ¡Más, cabrones!’, chupando sus dedos empapados de saliva.
Me mojé al instante, el coño palpitando bajo la falda. Oí la puerta de Juliette abrirse, voces, un grito ‘¡Putos, me cago en vuestras madres!’. Agua salpicando, risas nerviosas. Me aparté rápido, el aire fresco del pasillo erizándome la piel. En el ascensor, entra Siriac, solo, camiseta pegada al torso musculoso, ojos brillantes. ‘¿Eh, Cassandra? ¿Viste el espectáculo?’, susurra, acercándose. Su aliento caliente en mi cuello. Mi mano roza su paquete, tieso como una barra. ‘Cállate y fóllame’, murmuro. El ascensor para entre pisos, sus labios devoran los míos, lengua invasora. Manos bajo mi falda, dedos hurgando mi tanga empapada. ‘Vamos arriba, Roméo espera’, gime. Pulsamos su piso, el ding del ascensor como un disparo.
La tensión que explota en el pasillo y ascensor
Entramos, Roméo ya solo, polla semi en pie, sonrisa lobuna. ‘Sabía que vendrías, puta curiosa’. Me arrancan la ropa, tetas al aire, pezones duros. Roméo me tumba en el sofá, lengua en mi coño rasurado, lamiendo clítoris hinchado, ‘¡Qué coñazo jugoso!’. Siriac me ofrece su polla gorda, venosa, la engullo hasta la garganta, arcadas, baba chorreando. ‘¡Mmmph! ¡Joder, qué rica boca!’. Cambio: yo a cuatro patas, Roméo embiste mi coño desde abajo, chapoteo obsceno, bolas golpeando mi culo. Siriac escupe en mi ojete, empuja lento, ‘¡Relájate, Cassandra, te voy a abrir el culo!’. Duele al principio, quema, pero luego… ¡placer brutal! Doble penetración, pollas frotándose dentro separadas por una fina pared, estirándome al límite. Grito ‘¡Sí, destrozadme, coño! ¡Más fuerte!’, tetas rebotando, sudor goteando al suelo. Miedo a que Juliette vuelva, o los vecinos oigan los slap-slap, mis alaridos. ‘¡Me corro, joder! ¡Llenadme!’. Roméo eyacula primero, leche caliente inundando mi útero. Siriac gruñe, bombeando en mi culo, semen chorreando por muslos.
El polvo brutal de doble penetración y el regreso al silencio
Caemos exhaustos, respiraciones jadeantes, olor a sexo impregnando el aire. Nos vestimos rápido, besos robados. ‘Nuestro secreto’, dice Siriac, guiño.
Al día siguiente, 10 de la mañana, salgo al pasillo. Juliette cruza, pelo revuelto, mirada sospechosa. ‘Buenos días, ¿dormiste bien?’, pregunta con ironía. Sonrío, coño aún sensible. ‘Como un angelito’. Siriac pasa, roza mi mano, chispas. Roméo asoma, ojos cómplices. El secreto quema, frisson delicioso. Cada cruce ahora será eléctrico, prohibido.