Hace un par de días, llovía a cántaros pero hacía un calor pegajoso, de esos veranos madrileños que no acaban. Estaba en mi piso del tercero, mirando por la ventana entreabierta. El agua golpeteaba el cristal, y de reojo vi al vecino del cuarto, Pedro. Estaba en su balcón, solo, con la camiseta blanca pegada al pecho, marcando cada músculo. Joder, qué guapo. Sus pantalones vaqueros chorreando, el pelo revuelto. Me quedé ahí, hipnotizada, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.
Bajé a tirar la basura, el pasillo olía a humedad y a ese perfume suyo que siempre flota. En el ascensor… zas, se subió él, empapado. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Qué lluvia de cojones, ¿eh?’, dijo riendo, sacudiendo el agua. Yo, con mi blusa fina mojada un poco, noté cómo me recorría con los ojos. ‘Sí, pero mola sentirla en la piel’, murmuré, acercándome un paso. El ascensor pitó, paramos en su planta. Sus manos rozaron mi cintura al salir. ‘Sube a secarte si quieres… o lo que sea’. El corazón me latía fuerte. ¿Y si nos pillan? Pero el morbo ganó. Entré.
La mirada que lo cambió todo en el ascensor
La puerta se cerró con un clic. Me empujó contra la pared, su boca en la mía, besos urgentes, lengua dentro, saboreando lluvia y deseo. ‘Joder, te he visto mirándome desde tu ventana’, gruñó, manoseándome los tetas por encima de la blusa. La arranqué, él chupó mis pezones duros, mordiendo suave. Yo le bajé los pantalones, su polla ya tiesa, gorda, venosa. ‘Métemela ya’, jadeé. Me dio la vuelta, falda arriba, braga a un lado. Sentí la punta contra mi coño húmedo, resbaladizo. Empujó fuerte, hasta el fondo. ‘¡Ahhh! Qué prieta estás, puta vecina’, gemí yo, arqueándome.
El polvo brutal y el riesgo de los vecinos
Me follaba como un animal, cachetadas en el culo, el plaf plaf de piel mojada contra piel. ‘Cállate o nos oyen los del quinto’, susurró, tapándome la boca. Pero yo gemía bajito, el placer del riesgo me ponía más cachonda. Me tumbó en el sofá, piernas abiertas, lamió mi clítoris hinchado, metiendo dos dedos que me abrían. ‘Me voy a correr’, avisó, montándome encima. Su polla entrando y saliendo, mis jugos chorreando. Le clavé las uñas en la espalda, mordí su hombro para no gritar. Eyaculó dentro, caliente, llenándome. Yo exploté después, temblores, coño contrayéndose alrededor de su verga.
Nos quedamos jadeando, sudor y lluvia mezclados. ‘Esto queda entre nosotros’, dijo besándome el cuello. Me vestí rápido, bajé flotando. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con la compra, yo con el perro. Nuestras miradas… fuego puro. ‘Buenos días, vecina’, sonrió pícaro. ‘Igualmente… y gracias por el secado’. Reí bajito, sintiendo su semen seco aún dentro. Los otros vecinos pasando, ajenos. Ese secreto nos une, el frisson de lo prohibido. ¿Repetimos? El ascensor espera.