Era un verano de esos asfixiantes, ¿sabes? Vivía en un edificio viejo sin ascensor, de esos con escaleras estrechas que huelen a humedad y fritanga. La vecina del tercero, una divorciada de unos cuarenta, tetas como melones, siempre me pillaba mirándola. La oía gimiendo por las noches a través de la pared fina. Una vez, eché un vistazo por la persiana… luz filtrando, ella en bragas dentadas blancas, tocándose el coño peludo. Me empalmé solo de pensarlo.
Aquella noche volvía tarde del curro, sudada perdida. Subía los tres pisos jadeando, el corazón latiéndome fuerte. Oí pasos en el pasillo, su puerta entreabierta. Luz cálida saliendo. Dudé… ¿entro? Golpeé suave. ‘Pasa, pasa’, voz ronca, femenina. Entro en su cocina diminuta, nadie. ‘Perdona el desorden, no te esperaba tan tarde’, dice desde la habitación. Aparece en bata floja, pelo revuelto, pezones marcando. ‘¿Qué haces aquí?’, balbuceo. ‘Vine a pedir sal… pero la puerta abierta…’. Mentira tonta. Se ríe, ojos azules brillando. ‘Siéntate, hace calor’.
La tensión sube en el rellano
Pasamos al salón-cuarto, cama deshecha, armario abierto. Se sienta en el suelo conmigo, bata cayendo, camisón viejo dejando ver surco profundo. Tetas pesadas, piel pálida. ‘Quítate la chaqueta, relájate’, dice. Yo, con la polla ya dura. Hablamos tonterías, pero miro sus muslos cruzados, vislumbrando la braga transparente, pelusa negra asomando. Se da cuenta, ¿o no? ‘¿Te molesta el calor? Yo me quito la bata’. Queda en camisón, pechos bamboleando. Le pido probar un masaje, como excusa. ‘Vale, la espalda me mata’. Se pone de rodillas, yo le toco hombros… piel caliente, suave.
Manos bajan, desabotona camisón. Espalda desnuda, gemidos suaves. ‘Sigue…’. Giro, ahora vientre. Se tumba, manos cubriendo tetas, pero se escapan. Enormes, aureolas oscuras. Bajo a pubis, braga bajada accidental. Coño expuesto, labios hinchados, pelos rizados. ‘No mires tanto’, ríe nerviosa. Pero no para. Le unto crema, dedos rozan clítoris. Jadea. ‘Joder, qué bien…’. Barro caen manos, tetas libres. Las amaso, pezones duros como piedras.
El sexo brutal y el miedo a ser oídos
No aguanto. Baja mi cremallera, saca polla tiesa. ‘¡Madre mía, qué verga!’. Me la mama profundo, saliva chorreando, bolas en mano. Yo le meto lengua en coño, sabe a miel salada, chupando clítoris hasta que tiembla. ‘¡Me corro, joder!’. Chorrea en mi cara. Se monta encima, condón de la mesita, me lo pone con boca experta. Se empala, coño apretado tragando todo. Cabalga salvaje, tetas golpeando pecho. ‘¡Fóllame fuerte, pero calla, los vecinos…!’. Murmura, pero gime alto. Le meto dedo en culo, explota otra vez, jugos empapando.
La pongo a cuatro, embisto como animal. Polla entrando hasta fondo, coño chorreando. ‘¡Más, rómpeme el coño!’. Azoto nalgas, pelo tirando. Oímos pasos pasillo… silencio tenso, polla pulsando dentro. Sigue follando, orgasmo mío llenando condón. Colapsamos sudados, besos húmedos.
Al día siguiente, pasillo. Cruce miradas, sonrisa cómplice. ‘Buen día’, susurra, mano rozando culo. Secreto ardiendo, polla dura de nuevo. Quién sabe qué pasará esta noche…