Ay, chicas, aún me tiemblan las piernas al recordarlo. Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con ascensores que crujen y balcones que se miran. Mi vecino del quinto, un tipo alto, moreno, con hombros anchos y esa sonrisa pícara… lo había visto mil veces. Pero esa mañana de primavera, todo cambió. Salí temprano, con mi falda plisada corta, blusa semitransparente negra que deja ver el encaje del sujetador, medias de seda y tacones de terciopelo. Esperaba el bus justo enfrente del portal, y ahí estaba él, al otro lado de la parada. Sus ojos me recorrieron de pies a cabeza, deteniéndose en mis muslos. Sentí un cosquilleo. El viento jugaba con mi pelo rizado rojo, y su perfume llegó hasta mí, masculino, intenso. Me mordí el labio. Tenía como 28 años, traje ajustado que marcaba su paquete.

El bus llegó vacío, solo una abuela y una mamá con niña. Lo dejé subir primero, pero él insistió: ‘Pasa tú, preciosa’. Sus ojos verdes brillaban. Cada paso mío subía la falda, mostrando el borde de las medias. Composté el billete, él detrás, tan cerca que noté su calor. Se sentó frente a mí, en el banco doble. Nuestras miradas chocaron y se apartaron, tímidos al principio. Pero el bus traqueteaba, mi falda se subió, dejando ver piel blanca. Él sudaba, quitó la chaqueta, su camisa tensa sobre pectorales duros. Yo abrí un poco las piernas con el balanceo, sintiendo su mirada en mi escote. ‘¿Puedo abrir la ventana? Hace calor’, le dije, voz ronca. ‘Claro, nena’, respondió, suave, resonando en mí.

La mirada furtiva y la tensión que sube

Me levanté, el bus frenó fuerte. Perdí equilibrio, caí hacia él. Sus manos en mis caderas me sujetaron, mi nariz en su cuello, oliendo su sudor excitante. Mi cabeza a la altura de su pecho, inspiré hondo. Sus dedos bajaron a mis nalgas, redondas y firmes. No dije nada, lo dejé. Mis manos en su pelo, suave. Al sentarme, mi pierna entre las suyas, él deslizó la mano por mi muslo, bajo la falda, tocando la seda caliente. ‘Joder, estás ardiendo’, murmuró. Puse mi pie derecho en el asiento, bajo su polla dura. Vi su bragueta tensa, el bulto enorme. Con el tacón le rocé las eggs, círculos suaves. Gimió bajito. Bajamos en la siguiente, ‘Vivo cerca, en este edificio’, dijo mirándome fijo. Taxi al portal. Sus pasos en el hall, tacones míos resonando, eco sexy.

El polvo brutal en el ascensor y el secreto compartido

Ascensor. Puertas cerradas, nos devoramos. Beso salvaje, lenguas enredadas. Le subí la pierna contra la puerta, él miró el espejo: mi coño mojado reflejado. Paré entre pisos. ‘Fóllame ya’, jadeé. Bajó mis bragas negras, las olió, ‘Hueles a miel’. Dedos en mi chocho empapado, chorreando. Yo abrí su pantalón, saqué la polla gorda, venosa, cabezota roja. La chupé, lengua en el glande, bolas en la boca. ‘Joder, qué boca’, gruñó. Me puso contra la pared, lengua en mi coño, nariz en mi pelirroja. Mordí su cuello, sabor vainilla. Se la metí en la boca profunda, garganta hasta las arcadas. Luego, me levantó, piernas en su cintura, polla entrando de golpe en mi coño apretado. ‘¡Sí, más hondo!’, gemí. Bombeaba fuerte, plaf plaf contra mis nalgas. Sudor goteando, respiraciones agitadas. Oía el ascensor zumbando, miedo a que subiera alguien. Sus manos en mis tetas libres, pezones duros mordidos. Mi coño se contrajo, orgasmo brutal, chillé bajito ‘¡Me corro!’. Él no paró, me bajó, levrette contra espejo. Polla embistiendo, huevos golpeando clítoris. ‘Te lleno de leche’, rugió. Eyaculó dentro, chorros calientes inundándome. Yo corrí otra vez, piernas temblando.

Nos arreglamos rápido, sudorosos, olor a sexo. Subió a su piso, yo al mío. Al día siguiente, pasillo. Nuestras miradas, sonrisas cómplices. ‘Buenas noches vecina’, susurró, mano rozando mi culo. El secreto quema, ¿repetimos en el balcón?

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