Estaba soltera desde hacía un mes. Después de ocho años en pareja, primero con Pablo, luego con Luis, necesitaba aire. Me mudé a este edificio viejo en julio, pero en junio me quedé en el piso de una amiga que se fue de viaje. El sitio era perfecto para soltarme, mirar por la ventana sin filtro. Esa noche, abro las persianas entreabiertas, la luz de la calle filtra tenue, y veo al vecino de enfrente. Apartamento 3B, un tío guapo de unos 30, solo en su salón. Pantalla encendida, porno a tope. Tetas, tetas enormes rebotando. Se toca la polla por encima del pantalón, excitado perdido.
Me pica el coño al verlo. Yo tengo unas tetas DD, pesadas, redondas, que vuelven locos. Siempre he adorado el morbo de que me miren, el riesgo de pillarme. Apago la luz, me acerco más al cristal. Él no nota nada, gime bajito, el sonido viaja por el aire quieto de la noche. Saco una teta del sujetador, me la masajeo pensando en él. Mañana lo cruzo en el ascensor, siempre pasa.
La mirada voyeur desde mi balcón
Al día siguiente, pasos en el pasillo. Ruido de llaves. Bajo las escaleras, corazón latiendo fuerte. El ascensor llega, vacío. Entro, pulso mi planta. Puerta se abre en el 2º, él entra. Olor a colonia fresca, sudada un poco. Nuestras miradas chocan. ‘Buenas’, dice tímido. ‘Hola… ¿qué tal?’, respondo, voz ronca. Silencio pesado. Siento sus ojos en mi escote, mi camiseta ajustada marca todo. ‘Anoche… te vi por la ventana’, suelto de golpe. Se pone rojo. ‘¿Eh? ¿Qué?’. Río bajito. ‘Pornito de tetas grandes, ¿no? Me pusiste cachonda’. Él traga saliva, polla endureciéndose en los pantalones. El ascensor para en mi planta. ‘Sube a mi piso. Te enseño unas de verdad’. No lo piensa. Entra conmigo, puerta cierra con clic.
En mi salón, luz tamizada por las stores. ‘¿De verdad?’, balbucea. Le empujo al sofá. ‘Sí, cabrón. Siempre fantaseo con vecinos. Quítate los pantalones’. Se baja el jeans, polla dura saltando, venosa, gorda. 18 cm fácil. Me quito la camiseta, sujetador vuela. Tetas libres, pesadas, pezones duros. ‘Joder… son perfectas’, murmura. Me arrodillo entre sus piernas, suelo fresco bajo las rodillas. Cojo sus tetas… no, mis tetas las pego a su polla. Calor de su verga contra mi piel suave. ‘Fóllame las tetas, venga’. Él gime, empuja. Polla resbalando entre mis melones, sudor mezclándose. ‘¡Qué cojones, qué suaves!’. Chupo la punta cuando sale, saliva goteando. ‘Más fuerte, que te oigan los vecinos’. Miedo y placer, paredes finas, pasos lejanos en el pasillo. Él acelera, tetas rebotando, slap-slap contra su pubis. ‘Me voy a correr… ¡joder!’. ‘Sácamela toda, cabrón’. Chorros calientes de leche, espesa, blanca, salpicando mi escote, corriendo por el valle. Aprieto más, exprimo hasta la última gota. Él tiembla, ‘¡Hostia puta, nunca tan bien!’.
El clímax salvaje y el secreto compartido
Se limpia con un kleenex, yo me lamo un dedo con su corrida. ‘Gracias, vecina… increíble’. Agua, dos sorbos, charla rápida. ‘No se lo digas a nadie’. Se va, sonrisa pícara. Yo en bragas, tetas pegajosas, feliz. Culpa leve por el piso de mi amiga, pero el morbo gana.
Al día siguiente, pasillo. Pasos suyos. Nos cruzamos, ojos cómplices. ‘Buen día’, dice normalito. Sonrío, guiño. ‘Sí, muy buen día’. Risa contenida, secreto quemando. Cada cruce ahora es fuego. ¿Repetimos? El edificio entero sabe a sexo prohibido.