Ay, chicas, no sé por dónde empezar. Vivo en un edificio viejo en el centro, de esos con balcones que se miran de reojo. El vecino del 4º, Juan, es un tío bueno, de unos 35, musculoso del gym, siempre con esa sonrisa pícara. Una tarde de verano, calor asfixiante, abro las persianas y lo pillo en su salón. Las luces tenues, pero lo veo clarito: está tirado en el sofá, pantalones bajados, con la polla dura en la mano. La acaricia despacio, gimiendo bajito. El sonido de sus jadeos se cuela por la ventana entreabierta, mezclado con el tráfico lejano. Me quedo paralizada, el corazón latiéndome fuerte, mis bragas ya húmedas. ¿Me ha visto? No, sigue a lo suyo, acelerando el ritmo hasta que se corre, chorros blancos en su abdomen. Cierro rápido, pero esa imagen me quema.

Días después, en el ascensor. Entramos solos, él con bolsa del gym, olor a sudor fresco que me pone. Nuestros brazos se rozan, accidental, pero el aire se carga. ‘Qué calor, ¿eh?’, dice él, mirándome los labios. ‘Sí, insoportable’, respondo, voz ronca, sintiendo su mirada en mis tetas bajo la blusa fina. El ascensor para en mi piso, pero dudo, él también. ‘¿Subes a tomar algo fresco?’, suelta de repente, ojos brillantes. La puerta se cierra sola. ‘Vale, pero rápido, que no me pillen’. Subimos a su piso, el pasillo cruje bajo nuestros pies, silencio del edificio dormido.

La mirada indiscreta desde el balcón

Entramos, cierra con pestillo. No hay palabras, me empuja contra la pared, besos salvajes, lengua dentro, manos por todas partes. ‘Te vi espiándome, puta curiosa’, murmura, mordiéndome el cuello. ‘No pude evitarlo, tu polla… me volvió loca’. Le bajo los pantalones, la tengo dura como piedra, venosa, gorda. La chupo ansiosa, saliva chorreando, él gime ‘joder, qué boca’. Me arrastra al sofá, el mismo donde lo vi. Me arranca las bragas, ‘mírate, empapada la chochita’. Me abre las piernas, lame mi clítoris hinchado, lengua experta, meto dedos en su pelo. ‘Fóllame ya, por dios’, suplico, el riesgo de que los vecinos oigan nos excita más.

El polvo salvaje y el secreto compartido

Se pone un condón, me penetra de un golpe, ‘¡ahhh!’, grito bajito, su polla me llena, estira mi coño hasta el fondo. Empieza a bombear fuerte, tetas rebotando, sudor goteando. ‘Cállate o nos oyen’, dice riendo, tapándome la boca con la mano. Yo araño su espalda, ‘más duro, rómpeme’. Cambiamos, me pone a cuatro, me azota el culo, ‘qué coño apretado, vecinita’. Siento sus huevos golpeando mi clítoris, orgasmo subiendo. ‘Me corro, joder’, gime él, acelerando, yo exploto gritando en su mano, él se vacía dentro, temblores. Nos quedamos jadeando, polla aún dentro, risas nerviosas.

‘Vete antes de que vuelva mi mujer’, dice, besándome. Salgo sigilosa, pasillo vacío, olor a sexo en mi piel. Al día siguiente, cruzamos en el rellano. Él con la compra, yo con chándal. Nuestras miradas chocan, sonrisa cómplice, ‘buenos días, vecina’. ‘Sí, buenísimos’, guiño. El secreto quema, cada crujido del edificio ahora es promesa de más. ¿Volverá a pasar? El morbo me mata.

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