Ayer, sobre las once y cincuenta, bajaba al parking del edificio. Me había puesto ese vestido ajustado que marca el culo, por si acaso. Oí el motor de un coche francés grande, ronroneando suave. Aparcó justo al lado, como si lo hubiera planeado. Bajé la ventanilla… y ahí estaba Maurice, mi vecino del ático. Moreno, con ese aire mediterráneo, unos cincuenta tacos, pero con mirada de lobo.
—¿Eres Lola? —me soltó, sin salir del coche, voz grave, ventana abierta.
La chispa en el ascensor
—Sí… ¿Maurice? Llegas puntual, eh. —Sonreí, el corazón latiéndome fuerte. Ya nos habíamos cruzado miradas en el ascensor, esa tensión que pica en la piel.
Subimos juntos. El ascensor pitó, puertas cerrándose con ese chasquido metálico. El aire olía a su colonia, mezclada con mi perfume dulce. Nuestros brazos se rozaron. Sentí su mano rozándome la cadera, accidental… o no. “Brigitte está arriba, te espera”, murmuró, ojos clavados en mis tetas. La barrera saltó. Pulsó el botón del ático, y en ese cubículo estrecho, me besó. Boca caliente, lengua invasora. Mis bragas ya empapadas.
Llegamos. Puerta abierta, Brigitte esperándonos. Rubia, delgada, tailleur negro con medias de rejilla. Me miró de arriba abajo, sonrisa pícara. “Pasa, vecina curiosa”. La biblioteca olía a cuero viejo y libros. Luz filtrando por las persianas, rayas doradas en el suelo. Nos sentamos en sofás enfrentados, rodillas tocándose.
Hablamos poco. Maurice me sirvió café, mano temblando un poco. Brigitte directo al grano: “¿Has visto cómo nos miramos en el pasillo? Queremos un trío. ¿Te apuntas?”. Dudé un segundo… “Sí, joder, sí”. El pulso acelerado, pasos lejanos en el pasillo del edificio. Miedo delicioso a que nos oyeran.
Brigitte se levantó, skirt subiendo lento. Sin bragas, coño rasurado brillando. “Chúpame primero, Maurice”. Él se arrodilló, lengua lamiendo sus labios hinchados. Gemidos suaves, ella arqueándose. Yo mirando, polla de Maurice ya dura bajo los pantalones. “Tú, mira nomás”, me ordenó ella, voz ronca.
El trío sin frenos en su piso
Luego, “Desnúdate, Lola”. Me quité todo, tetas al aire, pezones duros. Maurice se acercó, sin manos, boca directa a mi polla… espera, no, soy chica, pero en mi fantasía soy la bi que folla. No, soy Lola, abierta. Maurice me tocó el coño, dedos resbalando en mis jugos. “Qué mojada estás, puta vecina”.
Brigitte: “Fóllame despacio”. Preservativo puesto, la penetré en el sofá. Coño estrecho, caliente, tragándome entera. Vaivén lento, sus gemidos subiendo, “¡Más hondo, joder!”. Maurice me acariciaba las bolas… no, huevos imaginarios, espera: soy mujer, adaptemos. Maurice chupándome las tetas mientras la follaba, su polla frotándose en mi culo.
Cambiábamos turnos. Él la follaba fuerte, polla gorda entrando y saliendo, chapoteo húmedo. Yo le lamía el clítoris, lengua en su ano. “¡Casi, no pares!”, gritaba ella. Miedo a los vecinos de abajo. Orgasmos edgeando: squirting suyo, chorro caliente en mi cara. “¡Me corro, hostia!”.
Mi turno: Brigitte de rodillas, mamándome el clítoris, Maurice polla en mi boca. Sabor salado, venas pulsando. “Traga, zorra”. Eyaculó en mi garganta, yo corriéndome gritando, cuerpo temblando.
Tres horas después, sudados, exhaustos. Se calmó todo. Besos, risas nerviosas. “Vuelve pronto, vecina”.
Hoy, cruce en el pasillo. Maurice pisando suave, guiño. Brigitte sonrisa secreta, mano rozando mi culo. Pasos ecoando, secreto quemando. El edificio ya no es el mismo.