Ay, chicas, no os lo vais a creer. Vivo en un edificio viejo del centro, paredes finas como papel, se oye todo. Mi vecino del 4º, un eritreo alto como una torre, unos dos metros, elegante, con traje siempre. Lo vi por primera vez una noche, luz filtrando por las persianas entreabiertas de su balcón. Estaba desnudo, secándose después de la ducha. Dios, esa polla… colgando como una manguera negra, gruesa, venosa. Me quedé pegada al cristal, coño mojado al instante. El aire fresco del balcón me erizaba la piel, oía sus pasos pesados en el suelo de madera.

Al día siguiente, ascensor averiado otra vez. Subía las escaleras sudando, y de pronto, pasos detrás. Él. ‘Buenas noches’, voz grave, profunda, con acento exótico. Me adelantó, rozando mi culo con su paquete. Sentí el bulto duro contra mi falda. Corazón latiendo fuerte, olor a jabón y hombre. ‘¿Calor, eh?’, dijo sonriendo, ojos clavados en mis tetas. Asentí, tartamudeando: ‘S-sí, mucho…’. Paramos en su piso, puerta entreabierta. ‘Pasa un momento, te doy agua fría’. Dudé, pero el frisson del peligro… entré.

La mirada voyeur desde el balcón y la chispa en el ascensor

Cerró la puerta, me acorraló contra la pared. Sus manos enormes en mi cintura. ‘Te vi mirando anoche, desde tu balcón’. Me sonrojé, pero mi coño palpitaba. ‘No pude evitarlo… eres… impresionante’. Se rio bajito, desabrochó mi blusa. Tetazas al aire, pezones duros. Me besó el cuello, mordisqueando. ‘Quiero follarte ya, vecina’. Le bajé los pantalones, joder, esa verga erecta, 25 cm fáciles, cabeza morada brillante. La chupé gimiendo, saliva chorreando, oía vecinos moviéndose en el pasillo. Miedo y morbo puro.

Me puso a cuatro patas en el suelo, cerca de la puerta. ‘Chilla si quieres, que se enteren’. Entró de golpe en mi coño empapado. ‘¡Joder, qué prieta!’. Dolor-placer, me partía en dos, pero arqueé la espalda. Pum-pum, embestidas brutales, huevos golpeando mi clítoris. ‘¡Más fuerte, hostia!’. Sudor goteando, olor a sexo llenando la habitación. Me dio la vuelta, piernas sobre hombros, polla hundiéndose hasta el fondo. Grité, mordí su hombro. Oía pasos en el pasillo, ¿nos oían? Me corrí como loca, chorros salpicando. Él no paraba: ‘Ahora tu culo, puta vecina’. Escupió en mi ojete, empujó lento. Quemaba, pero abrí como puta en celo. ‘¡Sí, fóllame el culo!’. Me taladraba, manos amasando tetas, pellizcando pezones.

La follada brutal con el miedo a los vecinos

Cambiamos al sofá viejo, crujiendo fuerte. Yo encima, cabalgando esa bestia, tetas botando. ‘Mírate, bourgeoise cachonda montando polla negra’. Le arañé el pecho, corrí otra vez, coño apretando. Él rugió: ‘Me corro, toma leche caliente’. Jets espesos llenándome el útero, desbordando. Colapsamos jadeando, polla aún dentro, palpitando.

Al día siguiente, pasillo. Él saliendo con bolsas. Nuestras miradas se cruzan, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina. ¿Dormiste bien?’. Susurro: ‘Con sueños mojados…’. Rozamos manos, secreto ardiendo. Oigo su puerta cerrarse, ya pienso en la próxima. El edificio nunca fue tan excitante.

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