Dios, no sé por dónde empezar. Fue hace dos noches, creo. Estaba en mi balcón, con el aire fresco de Madrid rozándome la piel, fumando un cigarro a escondidas. Las luces de los pisos de enfrente parpadeaban, pero el de al lado… uf, el de Javier, mi vecino el guapo, tenía las persianas entreabiertas. La música se filtraba bajito, algo suave, como un adagio, no sé. Y entonces la vi.

Ella entró en su salón, toda de blanco, un body ajustado que marcaba cada curva. Bailarina, seguro. Se movía despacio, épousant la música, levantando una pierna alta, el pie apuntando al techo. La luz de la lámpara la delineaba perfecta, el sudor brillando en su piel. Yo, paralizada, el cigarro casi cayéndome. Sus manos subían por las piernas, rozando el interior de los muslos, acercándose a su coño. Joder, se tocaba sutil, pero yo lo veía todo. Mi corazón latía fuerte, el olor a jazmín del balcón mezclándose con mi excitación.

La mirada prohibida desde el balcón

Al día siguiente, ascensor. Compartimos miradas desde hace semanas, sonrisas tontas en el pasillo. Ese día, él solo, yo con la bolsa de la compra. Puertas cerrándose, clic. Silencio pesado. ‘¿Dormiste bien?’, dice él, voz ronca. ‘Sí… vi algo interesante anoche’, suelto, mordiéndome el labio. Sus ojos se abren, paso atrás contra la pared. El ascensor sube lento, zumbido constante. ‘¿Qué viste?’, pregunta, acercándose. Huelo su colonia, fuerte. ‘A tu amiga bailando… muy sexy’. Se ríe nervioso, mano en mi cintura. ‘¿Te gustó?’. Mi mano baja, rozo su polla ya dura bajo los pantalones. ‘Mucho’. Los números suben, pero paramos entre pisos. Puerta no abre. Nos besamos salvajes, lenguas enredadas, sus manos en mi culo apretando.

Barriera rota. ‘Ven a mi piso’, jadea. Subimos corriendo, pasos eco en el pasillo vacío. Entra, cierra, me empuja contra la pared. ‘Quítate todo’, ordena. Me arranco la blusa, falda, quedo en tanga. Él se baja los pantalones, polla tiesa, gorda, venosa. ‘Chúpamela’, gruñe. Me arrodillo, piso frío bajo las rodillas. La meto en la boca, profunda, saliva chorreando. Gime alto, ‘joder, qué boca’. Manos en mi pelo, follando mi garganta. Ruido de vecinos arriba, pasos. Miedo delicioso, ¿nos oyen?

El polvo salvaje y el secreto compartido

Me levanta, tira tanga. ‘Abre las piernas’. Contra la ventana, persianas abiertas un poco. Polla entra de golpe en mi coño húmedo, resbaladizo. ‘¡Ay, sí!’, grito bajito. Embiste fuerte, pelotas golpeando mi culo. ‘Cállate o nos pillan’, dice riendo, pero me folla más duro. Giro, veo balcones de enfrente, luces encendidas. ¿Alguien mira? Manos en mis tetas, pellizcando pezones. Cambio posición, perra en el suelo, él detrás, dedos en mi culo. ‘Te voy a correr dentro’. ‘Sí, lléname’. Gime, acelera, chorro caliente inundándome. Yo reviento, coño contrayéndose, jugos por piernas.

Caemos exhaustos, sudor pegajoso. ‘Ha sido una locura’, susurra, besándome cuello. Vestimos rápido, risas nerviosas. ‘Nuestro secreto’. Al día siguiente, pasillo. Él sale con la basura, yo con el perro. Miradas cómplices, sonrisas. ‘Buen día’, dice guiñando. Paso rozando su brazo, calor subiendo otra vez. ‘Sí, muy bueno’. Puerta cierra, pero sé que volverá. El frisson del vecino… adictivo.

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