Estaba en mi balcón, fumando un cigarro a media tarde. El sol filtraba por las persianas de los vecinos, y de repente, lo vi. Mi vecino del quinto, ese tipo de unos 50, con barriguita y pelo en el pecho, se masturbaba delante del espejo. La luz amarilla del baño lo delataba todo: su mano subiendo y bajando por la polla ensabóname, un dedo metido en el culo. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte. ¿Me vio? No sé, pero desde entonces, cada cruce en el pasillo era… eléctrico.
Unos días después, en el ascensor. Vacío, solo nosotros. Subíamos del parking, el zumbido del motor, el olor a su colonia mezclada con sudor. Nuestros brazos se rozaron. ‘Hola, ¿qué tal?’, dijo él, voz ronca. ‘Bien… y tú’, murmuré, sintiendo el calor entre mis piernas. El ascensor paró en mi piso. Nuestras miradas se engancharon. ‘¿Quieres… pasar un rato?’, soltó de golpe. Dudé, pero el frisson me pudo. ‘Sí, ven’. Cerré la puerta, el clic del pestillo como una promesa.
La tensión que estalló en el ascensor
Lo llevé al salón. ‘Quítate todo’, le ordené, yo en bata, oliendo a jabón fresco. Él se desvistió despacio, chaqueta, camisa… pantalón abajo, slip. Su polla colgaba, pero ya medio tiesa. ‘Date la vuelta, quiero verte el culo’. Poiludo, con raja marcada. ‘Arrodíllate en la mesa’. Obedeció, abrió las nalgas. Poils alrededor del ano. ‘Voy a afeitarte’. Saqué mi maquinilla, le pasé gel, rasuré suave. Él gemía bajito, ‘Cuidado…’. Besé el agujero liso. ‘Ahora, mastúrbate para mí’.
Le di mi consolador de madera, grande, 22 cm. ‘Métetelo’. Se inclinó frente al espejo del pasillo, yo ajustando el otro para que viera todo. Vaselina en el culo, empujó. ‘¡Joder!’, gritó, polla endureciéndose al instante. Yo lo miraba, excitada. ‘Pajea, muévete’. Su mano en la verga, yo manejando el god en su culo. Entraba y salía, masajeando próstata. ‘Me voy a correr…’, jadeó. ‘Apunta a mí’. Se giró, god dentro, y explotó: leche en mi cara, ojos, boca. ‘Lámela’, dijo. Lamí todo, salado, caliente.
El sexo brutal y el secreto compartido
Me abrí la bata, metí el god en mi coño mojado. ‘Abreme el culo, mírame’. Él separó nalgas, lengua en mi ano. ‘¡Mete dedo!’. Removió profundo, sintiendo el god vibrar. ‘¡Fóllame el culo con la lengua!’. Gemí alto, temiendo vecinos. El pasillo crujía, pasos lejanos. Orgasmos brutal: yo chorreando, él lamiendo. Luego, bañera. ‘Oríname’. Me tumbé, él acuclillado. Pis calienta, ella dirigiendo el chorro por tetas, coño. ‘Chúpamela después’. Lo hizo, agua llenando.
En el baño, taburete frente espejo. ‘Te pajeo yo’. Polla floja post-baño. Boca en huevos, chupando. Dedo en frenillo, vaivén. Endureció. ‘¡Mira cómo crece!’. Succionó glande, tragó todo al correrse segunda vez. Beso con restos. Luego, cama. Abrazados, temblando. ‘Esto es… adictivo’, susurró. ‘Pero silencio, los vecinos…’. Lágrimas suyas. ‘¿Por qué necesito esto?’. Besos tiernos, lengua por espalda, culos, pies. ‘Volveremos’, prometí.
Al día siguiente, pasillo. Él saliendo, yo con bolsas. Miradas. Sonrisa cómplice. ‘Buen día’, dijo bajito. Rozó mi mano. Secreto quemando. El ascensor pitó. Subí sola, recordando su culo rasurado, mi coño palpitando. ¿Repetimos? El riesgo… me moja ya.