Me llamo Lola, tengo 38 años y vivo en un viejo edificio del centro. Abierta a todo, me flipa el morbo de lo prohibido, sobre todo con vecinos. El otro día… uf, no sé ni por dónde empezar. Todo empezó por casualidad, como siempre pasa lo mejor.
Era verano, hacía un calor de cojones. Mi balcón da al patio interior, y el de ellos justo enfrente, al quinto piso. La pareja nueva: él, alto, moreno, con pinta de constructor; ella, flaca pero con tetas operadas. Los oía follar a menudo, gemidos que se colaban por la noche. Una tarde, curioseando con una birra en la mano, los pillé. Él la tenía empotrada contra la barandilla, polla gorda entrando y saliendo de su coño mientras ella jadeaba. La luz del atardecer filtraba por las persianas, sombras bailando. Mis pezones se pusieron duros al instante. Me quedé mirando, tocándome por encima del short, el aire fresco del balcón erizándome la piel.
La chispa en el balcón y el ascensor
Al día siguiente, en el ascensor. Bajaba con la compra, él entró en la tercera planta. Silencio pesado, olor a su colonia mezclada con sudor. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. “¿Todo bien?”, murmuró, voz grave. Yo, con la bolsa crujiendo, respondí: “Sí… aunque anoche oí ruidos raros”. Sonrió, pícaro. El ascensor paró entre pisos, luz parpadeando. “¿Ruidos? ¿Como estos?”, y se acercó, su paquete rozando mi culo. El corazón me latía fuerte, pasos lejanos en el hueco de la escalera. No pude resistir: giré, le besé el cuello. “Joder, vente arriba”, susurró. La puerta se abrió, pero nadie. Subimos por las escaleras, jadeando, mano en mi teta.
El polvo brutal y el secreto ardiente
Entramos en mi piso, puerta apenas cerrada. Me arrancó la camiseta, tetas al aire, pezones tiesos. “Llevo días viéndote espiar”, gruñó, mordiéndome el labio. Lo empujé al sofá, le bajé los pantalones. Polla enorme, venosa, goteando pre-semen. La chupé como loca, lengua en el glande, bolas en la mano. Él gemía bajito: “Calla, coño, que nos oyen”. Me encantaba el riesgo, vecinos en las paredes finas. Me puso a cuatro patas, en el suelo fresco del salón. Entró de golpe, polla partiéndome el coño. “¡Fóllame fuerte!”, supliqué, mordiendo el cojín. Golpes secos, piel contra piel, sudor chorreando. Me agarraba las caderas, dedos en mi clítoris. “Tu coño aprieta como una puta”, jadeaba. Yo: “Más, joder, rómpeme”. El balcón abierto, aire nocturno entrando, miedo a que alguien mirara. Me corrí gritando, él tapándome la boca, follándome sin parar. Se corrió dentro, leche caliente llenándome, chorros interminables.
Caímos exhaustos, respirando agitados. Se vistió rápido: “Mañana más”. Yo, piernas temblando, semen escurriendo por muslos. Al día siguiente, pasillo. Él saliendo con la basura, yo fingiendo barrer. Miradas cómplices, sonrisas torcidas. “Buen polvo, vecina”, guiñó. Yo: “Shh, calla… pero repite”. Pasos en el corredor, puertas cerrándose. Ese secreto quema, cada cruce es una promesa de más. ¿Y si nos pillan? El morbo me mata.