Ayer por la tarde, el calor era asfixiante. Estaba en mi piso, con las persianas entreabiertas, esa luz dorada filtrándose como un secreto. Oí pasos en el pasillo, tacones lentos, y luego… gemidos. Bajitos al principio, pero subiendo. Venían del piso de al lado, la vecina nueva. Astrid, creo que se llama. Treinta y tantos, pelo rojizo, curvas que no pasan desapercibidas.

Me acerqué a la ventana, curiosa. El balcón de ella da al mío, separados por un metro. Vi su silueta: mano entre las piernas, moviéndose rápido. Coño depilado, brillando de humedad. Se arqueaba contra la pared, mordiéndose el labio. El aire fresco del atardecer le erizaba la piel. Mi pulso se aceleró. Me mojé sin tocarme. ¿Me vio? Sus ojos se clavaron en los míos un segundo. Sonrió, pícara.

La mirada furtiva y la tensión en el ascensor

Bajé al garaje. El ascensor pitó. Entró ella, olor a perfume y sudor. Vestido ligero, pegado al cuerpo. “Hola, vecina”, murmuró, voz ronca. Nuestros brazos se rozaron. El espacio chico, su aliento en mi cuello. Subimos lento, pisos eternos. Sentí su mano en mi cadera. “Te vi mirando”, susurró. Tragué saliva. “No pude evitarlo”. El ascensor se paró en su piso. Me miró: “¿Quieres pasar? O sigo sola”. La puerta se abrió. Entré.

Cerró de un portazo. Me empujó contra la pared del pasillo. Sus labios en los míos, lengua invasora. Manos por todas partes. “Eres una voyeur puta”, jadeó. Le arranqué el vestido. Tetas firmes, pezones duros. La llevé al sofá, luces tenues. Se abrió de piernas: “Lámeme el coño, como querías”. Hundí la cara. Sabor salado, jugoso. Chupé su clítoris, hinchado. Gemía fuerte, sin importarle los vecinos. “¡Más, joder!”. Metí dos dedos, luego tres. Su coño chorreaba.

Se giró, sesenta y nueve. Su lengua en mi raja, lamiendo mi culo. “Estás empapada, guarra”. Me follaba con la boca, sorbiendo. Yo la devoraba, nariz en su pubis rojo. Oímos pasos en el pasillo. Alguien pasaba. Nos callamos un segundo, pero ella gritó al correrme en su boca. “¡Córrete, puta!”. Su coño se contrajo, squirt en mi cara. Temblaba, uñas en mi espalda.

El polvo salvaje y el secreto del pasillo

No paró. Me puso a cuatro, mano entera. “Relájate”. Dolor al principio, luego placer brutal. Su puño en mi coño, estirándome. Grité: “¡Me rompes, Astrid!”. Bombeaba lento, luego rápido. El sofá crujía, vecinos debían oír. No me importó. Orgasmo bestial, chorros interminables. Me dejó hecha un trapo.

Desperté en su cama, desnudas. Café en la cocina, risas nerviosas. “Fue una locura”, dije. “Repetimos cuando quieras”, guiñó. Me fui a mi piso. Hoy, en el pasillo, nos cruzamos. Ojos cómplices, sonrisas secretas. Su mano rozó mi culo disimulado. El ascensor pitó otra vez. ¿Subo?

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