Vivo en un edificio viejo del centro, paredes finas como papel, pasillos que huelen a humedad y a cenas de los vecinos. Mi piso da al patio interior, y justo enfrente, el de él. Alto, ojos azules intensos, cuarentón, siempre con esa camisa blanca impecable, como si fuera un cura laico. Lo vi por primera vez una noche de verano, luz filtrando por las persianas entreabiertas. Estaba en su sofá, pantalones bajados, mano en la polla dura, jadeando bajito. Me quedé clavada, coño palpitando, sin poder apartar la vista. Él no me vio, pero yo sí: polla gruesa, venosa, moviéndose rápido. Apagué mi luz y me toqué pensando en eso.
Al día siguiente, ascensor. Entramos solos, aire cargado, calor pegajoso. Nuestros brazos se rozan, huelo su colonia fresca, mentolada. ‘Buenas’, murmura, voz grave. ‘Sí, joder, qué calor’, digo yo, mirándole los labios. Sus ojos bajan a mis tetas, apretadas en el top. Silencio espeso, ascensor para en su planta. ‘¿Subes a tomar algo fresco?’, suelta de golpe, mano en la puerta. Dudo, corazón latiendo fuerte. ‘Vale, pero rápido’. Entramos en su piso, oscuro, persianas bajas. Cerveza fría en mano, nos sentamos cerca, rodillas tocándose. ‘Anoche… te vi’, confieso, voz ronca. Se pone rojo, pero sonríe. ‘¿Y qué viste?’. ‘Tu polla, dura como piedra’. Se acerca, aliento caliente en mi cuello. ‘Joder, no aguanto más’. Sus labios en los míos, lengua invasora, manos en mis muslos subiendo.
La mirada que enciende todo
Me empuja contra la pared del salón, falda arriba, bragas a un lado. ‘Estás empapada’, gruñe, dedos hurgando mi coño chorreante. Gimo, ‘Fóllame ya, no pares’. Se baja los pantalones, polla tiesa saltando libre, gorda, lista. Me da la vuelta, contra la ventana que da al patio. ‘Cuidado, nos oirán’, susurro, excitada por el riesgo. ‘Que oigan, puta’, responde, embistiéndome de un golpe. Su polla me parte en dos, profunda, salvaje. Patadas contra la pared, mi clítoris frotándose, tetas rebotando. ‘¡Más fuerte, joder!’, pido, mordiéndome el labio. Él acelera, huevos chocando mi culo, sudor goteando. Oigo pasos en el pasillo, vecina abajo. ‘Cállate o nos pillan’, dice, tapándome la boca, follándome más brutal. Explotamos juntos: yo chorreada, él llenándome de leche caliente, gruñendo en mi oreja. Nos quedamos jadeando, polla aún dentro, temblando.
El clímax en su piso y el secreto del pasillo
Se sale despacio, semen bajando por mis piernas. Nos limpiamos con prisas, risas nerviosas. ‘Mañana más’, promete, beso rápido. Salgo flotando, piernas flojas.
Al día siguiente, pasillo. Él sale de su piso, yo del mío. Nuestras miradas chocan, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecina’, dice alto, para los demás. Paso rozándole, susurro: ‘Tu polla me ha dejado coño dolorido’. Él guiña ojo, mano rozando mi culo disimulado. Secretos calientes, frisson eterno. Cada noche, luces apagadas, esperando el próximo polvo.