Vivo en un viejo edificio en el centro, de esos con balcones compartidos y paredes finas. Al quinto, justo enfrente, está él. Mi vecino, un tipo alto, fornido, con brazos como troncos. Lo vi por primera vez hace semanas, sudando en su balcón mientras arreglaba unas macetas. Camiseta pegada al pecho, pantalones ajustados marcando paquete. Yo… no pude evitar mirar. Me quedé ahí, con el café en la mano, sintiendo un calor entre las piernas.

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Los días siguientes, coincidíamos en el ascensor. ‘Hola, ¿qué tal?’, decía él con esa voz grave. Yo respondía con una sonrisa tonta, notando cómo sus ojos bajaban a mis tetas. Un día, el ascensor se paró entre pisos. Luz parpadeante, aire cargado. ‘Joder, qué calor’, murmuró, quitándose la chaqueta. Su olor a hombre, a sudor fresco, me mareaba. Me acerqué un poco, rozando su brazo. Él me miró fijo, y supe que la cosa iba a reventar pronto.

La mirada que lo encendió todo

Esta tarde, tormenta. Truenos lejanos, aire pegajoso. Bajaba las escaleras con bolsas de la compra cuando lo oí: pasos pesados en el rellano del cuarto. Ahí estaba, empapado, volviendo de correr. ‘Ey, pasa, que te mojas’, me dijo abriendo su puerta a medias. Dudé… pero entré. El pasillo estrecho, luces tenues. ‘Estás… buena mojada’, soltó, mirándome el culo marcado por los leggings.

No hablamos más. Me empujó contra la pared, boca contra boca. Lenguas enredadas, dientes chocando. Sus manos grandes me amasaron las tetas, pellizcando pezones duros. ‘Quiero follarte ya’, gruñó. Le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando precum. La agarré fuerte, masturbándola mientras él me metía mano en el coño. ‘Estás empapada, puta’, dijo, dedos hundiéndose en mi raja resbaladiza.

La lluvia azotaba las ventanas. Lo giré, lo puse contra la puerta. Me arrodillé un segundo, lamiendo su glande salado, chupando bolas sudadas. Pero él me levantó, me dio la vuelta. Bajó mis leggings y braga de un tirón. ‘Mira ese culo’, jadeó, escupiendo en mi ojete. Sentí su polla cabeceando mi clítoris, frotando labios hinchados. ‘Fóllame fuerte’, supliqué, arqueando espalda.

El clímax bajo la lluvia y el secreto compartido

Empujó de golpe. Joder, qué llena me dejó. Su verga nudosa me abría el coño, chocando fondo. Golpes secos, carne contra carne. ‘Cállate o nos oyen’, siseó, tapándome boca. Pero gemí igual, el placer ardía. Sus huevos peludos me azotaban el clítoris. Me agarró caderas, clavándome hasta el fondo. ‘Tu coño aprieta como una virgen’, gruñó, acelerando. Sudor mezclado con lluvia goteaba por mi espalda.

Sus dedos encontraron mi clítoris, frotando brutal. Yo me retorcía, mordiendo su mano. ‘Me corro… joder’, aulló bajito. Noté el pulso, chorros calientes inundándome el útero. Eso me llevó al borde. Convulsiones, coño contrayéndose ordeñando su leche. Jadeos ahogados, cuerpos temblando pegados.

Se salió despacio, semen chorreando por mis muslos. Nos vestimos rápido, riendo nerviosos. ‘Mañana más’, guiñó.

Al día siguiente, pasillo. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrisa cómplice, roce de manos. Oí mi corazón latiendo fuerte. El ascensor llegó, entramos solos. ‘¿Lista para repetir?’, susurró. El secreto quema… y excita.

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