Vivo en un viejo edificio en Madrid, paredes finas como papel. Una noche de verano, con las ventanas abiertas por el calor, oigo ruidos del piso de al lado. Gemidos suaves al principio, luego más intensos. Me acerco a la pared, curiosidad picándome la piel. Es él, mi vecino, un tipo de unos cincuenta, fuerte, masajeando a su mujer. La oigo susurrar ‘más abajo, por favor’. El aceite debe resbalar, porque hay slap-slap en las nalgas. Yo, con las bragas ya húmedas, me toco despacio, imaginando sus manos en mí.
Al día siguiente, en el ascensor. Solo nosotros dos. Él entra, huele a jabón fresco, camisa ajustada marcando pecho. Nuestras miradas se cruzan, y juro que sabe que lo oí. ‘Buenas noches, vecina’, dice con voz grave, un poco ronca. ‘¿Dormiste bien?’, añade, sonrisa ladeada. Me pongo roja, el corazón latiendo fuerte. ‘Sí… oí algo de fiesta anoche’, balbuceo, mordiéndome el labio. Él se acerca un paso, el ascensor para en mi planta. ‘Si quieres, te enseño mi… técnica de masaje algún día’. Susurro ‘quizá’, pero mis ojos dicen sí. La puerta se abre, salgo temblando, el coño palpitando.
La mirada indiscreta y la tensión en el ascensor
Dos días después, un sobre en mi buzón. ‘Ven esta noche. Puerta entreabierta. Silencio’. No lo pienso. Paso por el pasillo oscuro, pasos amortiguados en el suelo de madera crujiente. Entro, luz tenue filtrando por las persianas. Él está en calzoncillos, ella no está. ‘Se fue a casa de su hermana’, dice, tirándome al sofá. Sus manos, expertas, me desnudan rápido. ‘Te vi observándome por la pared, puta curiosa’, gruñe, metiendo dedos en mi coño empapado. Gimo bajito, miedo a que los del piso de arriba oigan. ‘Chist, o nos pillan’, susurro.
Me pone a cuatro patas, polla dura como piedra rozándome el culo. ‘¿Quieres que te folle como a ella?’, pregunta, escupiendo en mi ano. Empujo hacia atrás, ‘Sí, métemela ya, joder’. Entra de golpe, polla gruesa partiéndome, dolor-placer que me hace arañar el sofá. Folla fuerte, slap-slap de huevos contra mi clítoris. ‘Tu coño aprieta más que el de mi mujer’, jadea, tirándome del pelo. Le chupo la polla después, sabor a mi jugo, bolas en la boca, hasta que casi se corre. Me come el coño, lengua honda lamiendo paredes, clítoris hinchado entre dientes. ‘Córrete, zorra vecina’, ordena, y exploto temblando, mordiendo cojín para no gritar.
La follada salvaje y el regreso al silencio
Cambiamos, yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas botando, sudor goteando. Él me azota el culo, rojo marcado. ‘Imagínate si ella entra’, dice, excitado por el riesgo. Siento su polla hincharse, ‘Me voy a correr dentro’, avisa. ‘Hazlo, lléname’, suplico. Chorros calientes inundándome, goteando por muslos. Nos quedamos jadeando, cuerpos pegajosos.
Se va rápido, besos robados. Al día siguiente, pasillo. Él con bolsas de compra, yo bajando escaleras. Nuestras miradas: fuego secreto. ‘Buenos días’, dice normalito, pero guiño cómplice. Paso rozándole, susurro ‘esta noche más’. Sonríe, y sé que el marido candaulista de al lado ya lo sabe todo por sus relatos. El edificio guarda nuestro pecado, aire cargado de promesas sucias.