Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con balcones que se miran de reojo. El otro día, oí ruido en el 413, el vecino de enfrente. Bill, un tipo normal, soltero empedernido, acababa de mudarse. Me asomé por las persianas entreabiertas, el sol de la tarde filtrándose en rayos finos. Ahí estaba ella, Ève, su nueva conquista. Desnuda sobre la cama flotante, piel perfecta, tetas firmes, culo que invitaba a morder. Él la tocaba nervioso, como si fuera la primera vez. ‘¿Qué quieres, lapin?’, le dijo ella con voz ronca, slang puro de barrio. Se rio, él se sonrojó. Yo sentía el calor subiendo, mano en mi braguita ya húmeda.
Los días siguientes, los espiaba cada tarde. Bruits de gemidos filtrándose por la ventilación compartida. Pasos en el pasillo a medianoche, risas ahogadas. Una noche, la vi inclinada contra la cristalera, él embistiéndola por detrás. Sus nalgas temblando, el slap-slap de carne contra carne. Me corrí sola en el balcón, aire fresco en la piel sudada, corazón latiendo fuerte por si alguien me pillaba.
La observación que me puso a mil
La tensión subió en el ascensor. Era jueves, 14:03 exacto. Entró Bill, sudado del curro, yo con falda corta. ‘Hola vecina’, murmuró, ojos bajando a mis piernas. El ascensor chirrió subiendo lento, luz parpadeante. ‘Tu chica es… impresionante’, solté, mordiéndome el labio. Él tragó saliva. ‘Ève es… especial’. Sus manos rozaron mi cadera accidental. O no tan accidental. El botón del 4 se iluminó, pero paramos en el 3. Silencio pesado, olor a su colonia mezclada con mi perfume dulce. ‘¿Quieres verla de cerca?’, susurró. Negué, pero mi coño palpitaba.
El clímax en el ascensor y el secreto del pasillo
No aguantamos. Puertas cerradas, botón de parada. Me empujó contra la pared metálica, fría en la espalda. ‘Joder, desde que te vi espiando…’, gruñó besándome el cuello. Le bajé la cremallera, saqué su polla dura, venosa, goteando ya. ‘Fóllame rápido, antes de que alguien llame’. Se levantó mi falda, pantis a un lado, dedo en mi coño chorreante. ‘Estás empapada, puta vecina’. Entró de un golpe, grité bajito, eco en el hueco. Embestidas brutales, tetas rebotando contra su pecho. ‘Cállate o nos oyen’, jadeó mordiéndome el hombro. Yo clavaba uñas en su culo, pidiéndole más. ‘Más fuerte, cabrón, rómpeme’. Sudor goteando, máquina zumbando, miedo delicioso de que el ascensor se moviera. Se corrió dentro, caliente, yo temblando en oleadas, mordiendo su camisa para no aullar.
Paramos el ascensor, nos arreglamos jadeando. Bajamos al pasillo, piernas flojas. ‘Nuestro secreto’, guiñó él. Al día siguiente, cruzamos en el corredor. Ève saliendo de casa en bata transparente, pezones duros visibles. Sonrió cómplice, como si supiera. Bill me rozó la mano al pasar. ‘Buen día, vecina’. Calor en las mejillas, coño recordando su polla. Ahora cada mirada en el edificio es fuego. El thrill de lo prohibido, de ser vista oída. No puedo esperar al próximo ascensor.