Ay, chicas, no os lo vais a creer. Ayer por la noche, con esa tormenta de mil demonios, el cielo negro escupiendo rayos como cuchillos, me metí en la piscina común del edificio. Mis dos vecinos, el hijo, un tío de unos treinta, musculoso y con esa mirada pícara, y su padre, madurito pero con un cuerpo que quita el hipo, ya estaban ahí. El agua fría de la lluvia rebotaba en la superficie, pero yo necesitaba calor. Me pasé a la piscina caliente, con esas boquillas mágicas en los bordes.

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Primero metí los pies, luego las pantorrillas… uf, el masaje me dejó blanda. Me acerqué a una boquilla, de espaldas, y ¡zas! El chorro se coló entre mis nalgas, directo a mi coño. Violento, sensual. Sentí un escalofrío erótico en el vientre. Me giré rápido, abrí un poco las piernas para que el agua me lamiera la raja. Suspiré, mordiéndome el labio. A mi izquierda el chaval, a la derecha el padre. Les miré de reojo, asegurándome de que no pillaran mi masturbación acuática sublime.

La tensión sube en la piscina común

El padre me sonrió. ‘¿Frío, vecina?’, dijo con voz grave. Yo, ahogada en placer, balbuceé: ‘N-no… bien…’. El chorro vibraba mi clítoris como una lengua de hombre, me temblaba todo. Mis tetas se endurecieron, pezones duros como piedras. Rozé una mano por ellas, metí los dedos en el bikini, masajeé un poco. El padre lo vio, ojo cómplice. Sabía exactamente dónde apuntaba esa boquilla.

Me giré, pero el jet me folló la culata otra vez. Me pegué al borde, queriendo más profundo. ‘Ah, sí…’, gemí bajito. La excitación subía, iba a correrme ahí, en público. De repente, luz de cambio de boquilla. El hijo rozó mi brazo con su torso al pasar. ‘Perdón…’, murmuró, pero su polla medio dura me tocó la cadera bajo el agua. No aguanté. La barrera cayó. Le miré: ‘Ven aquí, cabrón…’. Él sonrió, se pegó a mí por detrás.

El polvo brutal y el secreto compartido

Sus manos en mis caderas, polla dura contra mi culo. ‘¿Quieres esto?’, susurró al oído, mientras el agua nos cubría. Asentí, jadeando. Me bajó el bikini, metió dos dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando, puta…’, gruñó. Le agaché, guié su verga gorda a mi entrada. Entró de un empujón, follándome fuerte contra la pared. Plaf, plaf, el agua salpicaba. ‘Cállate o nos pillan’, siseó, pero yo gemía: ‘Más… rómpeme el coño…’. Su padre nos miró desde lejos, sonriendo, como aprobando. El riesgo me ponía a mil: pasos en el pasillo arriba, voces lejanas. Me folló brutal, pellizcando mis tetas, mordiendo mi cuello. ‘Me voy a correr dentro…’, avisó. ‘Sí, lléname, joder’. Explosé en orgasmo, coño contrayéndose alrededor de su polla, tragando su leche caliente. Él gruñó, temblando.

Salimos jadeantes, nos arreglamos rápido. Sus amigos… no, mis vecinos se fueron primero. Yo me quedé fourbue, el vientre picoteando. Mañana, en el pasillo, nos cruzamos. Él, el hijo, me guiñó: ‘Buenas noches vecina, ¿dormiste bien?’. Sonreí pícara: ‘Como un angelito… con sueños húmedos’. Su padre pasó, mirada cómplice. Ese secreto quema, chicas. El edificio nunca fue tan excitante.

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