Vale, os cuento esto como si acabara de pasar, porque el calor todavía me quema por dentro. Tengo 35 años, casada desde hace tres, tres niños y una vida de rutina total: curro, casa, niños, dormir. Pero soy superabierta al sexo, me flipa el riesgo de que nos pillen, el morbo de lo prohibido con alguien tan cerca. Vivimos en un edificio viejo en Madrid, paredes finas, balcones que se miran. El vecino del quinto, Marcos, unos 40 tacos, buenorro con esa barba de tres días y cuerpo de gym. Su mujer viaja mucho.

Todo empezó una noche de enero, hacía un frío que pelaba. Estaba en mi balcón fumando un piti, con la bata entreabierta porque acababa de masturbarme pensando en tonterías. Oí risas del balcón de al lado. Miré de reojo: él solo, en calzoncillos, bebiendo birra, con la polla medio marcada. Nuestras miradas se cruzaron. Sonrió, yo me puse roja pero no aparté la vista. ‘Buenas noches, vecina’, dijo bajito. ‘¿Frío?’, le contesté, mordiéndome el labio. El aire fresco me erizaba la piel, olía a su colonia mezclada con humo. Esa noche soñé con él.

La tensión que estalló en el ascensor

Al día siguiente, subía al ascensor con bolsas de la compra. Puertas cerrándose… y entró él. Solos. ‘Hola, guapa’, murmuró, acercándose más de la cuenta. El ascensor viejo chirriaba, luz parpadeante. Sentí su aliento en mi cuello. ‘Ayer en el balcón… me pusiste cachondo’, soltó. Mi coño se mojó al instante. No llevaba bragas, por un jueguecito con mi marido. ‘Cállate, Marcos… nos pueden pillar’, susurré, pero mis pezones se marcaban bajo la blusa. Su mano rozó mi culo. ‘Solo un beso’, pidió. La barrera cayó. Me giré, sus labios duros contra los míos, lengua invadiendo. Gemí bajito, el ascensor subía lento.

Paramos en el cuarto. Pulsó el botón de parar. ‘Aquí nadie nos oye’, dijo con voz ronca. Me empujó contra la pared metálica, fría en mi espalda. Bajó mi falda de un tirón, vio mi coño depilado y liso. ‘Joder, qué puta estás’, gruñó, metiendo dos dedos directo. Estaba empapada, chorreando. Saqué su polla del pantalón: gorda, venosa, tiesa como una barra. ‘Fóllame ya’, le rogué, jadeando. Me levantó una pierna, la clavó de un empujón. ¡Ay, la hostia! Entró hasta el fondo, mi coño apretándolo. Embestidas brutales, polla golpeando mi cervix. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, gemí, arañándole la espalda. Oíamos pasos en el pasillo de abajo, el ascensor temblaba. ‘Cállate o nos pillan’, siseó, tapándome la boca. Pero yo no podía: ‘¡Me corro, joder!’. Él aceleró, huevos chocando contra mi culo. Su polla palpitó, me llenó de leche caliente, chorros dentro mientras yo convulsionaba, squirteando un poco en el suelo. Sudor, olor a sexo crudo, respiraciones entrecortadas. ‘Eres una guarra’, murmuró besándome.

El secreto compartido en el pasillo

Se corrió rápido, nos subimos la ropa temblando. Pulsó para seguir. Bajé en mi piso, piernas flojas, corrida goteando por mis muslos. Él un piso arriba. Esa noche no dormí, oyendo crujidos en las paredes, imaginando si su mujer notaba algo.

Al día siguiente, en el pasillo, cargando basura. Nos cruzamos. ‘Buenos días, vecina’, dijo con guiño, oliendo a café. Yo roja, coño aún sensible. ‘Buenos días… y gracias por el paseo’, contesté bajito, mordiéndome el labio. Sus ojos bajaron a mi culo. ‘Repetimos cuando quieras’, susurró. Pasos de vecinos acercándose, corrimos cada uno a su puerta. Ahora, cada mirada en el ascensor es fuego. Mi secreto con él quema, y flipa el riesgo de que siga…

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