Hace unas semanas, el calor de agosto nos tenía desnudos en el balcón. Mi marido y yo, jubilados pero con ganas de fuego, nos bronceábamos sin pudor. La vegetación del edificio nos cubría, o eso creíamos. Estaba de rodillas, chupándosela como una puta, con su polla dura hasta las bolas en mi garganta. Él gemía bajito, pero el slap-slap de mi saliva lo delataba. De repente, un crujido en el pasillo de al lado. Miré de reojo: la luz de su balcón filtraba, y vi siluetas. ¿Nos miraban? El corazón me latió fuerte, pero no paré. Me excitaba el riesgo.
Al día siguiente, en el ascensor, coincidimos. Ellos, Anne y David, unos treinta y tantos, guapísimos. Él alto, ella con curvas que matan. ‘Buenas tardes’, dijo ella con una sonrisa pícara, rozándome el brazo. El ascensor se paró entre pisos, un fallo típico del viejo edificio. Silencio espeso. Sentí su mirada en mis tetas, aún firmes gracias a los implantes. Mi marido carraspeó. ‘Parece que estamos atrapados’, murmuró David, acercándose. Anne se mordió el labio. ‘¿Os vimos ayer… en el balcón. Fue… caliente’. La barrera cayó. Mi coño se mojó al instante. ‘¿Y qué hicisteis vosotros?’, pregunté con voz ronca. ‘Follamos como animales pensando en vosotros’, confesó ella.
La mirada que lo encendió todo
No aguantamos. David me besó, su lengua invadiendo mi boca mientras su mano bajaba mi falda. Mi marido ya tenía a Anne contra la pared, manoseándole el culo. ‘Cuidado, nos oirán los del tercero’, susurré, pero eso nos ponía más. Saqué su polla, gruesa y venosa, y me la metí en la boca. ‘Joder, qué garganta’, gruñó él. Anne chupaba a mi marido, gimiendo: ‘Mmm, dame más, cabrón’. El ascensor olía a sexo, sudor y miedo. Él me levantó, me empotró contra la puerta. Su polla entró de un golpe en mi coño empapado. ‘¡Fóllame fuerte, pero calla!’, jadeé. Cada embestida retumbaba, el metal vibraba. Temía los pasos en el pasillo, pero el placer era brutal. Mi marido sodomizaba a Anne: ‘Tu culo es un vicio, aprieta’. Ella ahogaba gritos: ‘Sí, rómpemelo, llena mi ojete de leche’. Cambiamos. David me abrió las nalgas, escupió en mi ano y clavó su verga hasta el fondo. ‘¡Dios, qué prieto!’, rugió. Yo cabalgaba su polla mientras lamía el coño de Anne, saboreando su flujo. Mi marido la follaba la boca: ‘Trágatela toda, zorra’. El orgasmo nos pilló a la vez. Él eyaculó en mi culo, chorros calientes desbordando. Anne gritó bajito, leche goteando de su barbilla. Sudados, jadeantes, nos subimos la ropa justo cuando el ascensor arrancó.
Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. ‘Buenos días’, dijo Anne con guiño, rozándome la cadera. David sonrió a mi marido: ‘Repetimos cuando queráis’. El secreto quema en sus ojos, en el roce accidental. Sé que volverá a pasar. El edificio entero huele a deseo prohibido.