Era una de esas noches locas en el edificio. Abajo, en el salón común, una fiesta de vecinos con risas forzadas, música alta y pasos pesados resonando hasta mi piso. Yo, con un vestido ligero que se pegaba a la piel por el calor, salí al pasillo para bajar a echar un ojo. El ascensor llegó con un ding suave. Ahí estaba él, mi vecino del quinto, ese tío alto, moreno, con esa mirada que me hacía mojarme cada vez que nos cruzábamos. ‘¿Vas a la fiesta?’, me dijo con voz grave, mientras las puertas se cerraban. Nuestros brazos se rozaron. El aire se cargó de golpe. ‘Bueno… no sé, hace mucho calor abajo’, murmuré, sintiendo su olor, mezcla de colonia y sudor fresco.
El ascensor paró entre pisos. Luz parpadeante. ‘Mierda, otra vez’, gruñó él. Oscuridad casi total, solo el zumbido lejano de la fiesta. Nuestros cuerpos se acercaron sin querer… o queriendo. Su mano rozó mi cadera. ‘¿Qué coño haces?’, susurré, pero mi voz salió ronca, excitada. ‘Shh, escucha… esa música nos tapa’, dijo él, y su aliento caliente en mi cuello me erizó la piel. La tensión que llevábamos meses acumulando explotó. Sus labios encontraron los míos, beso húmedo, lengua invasora. Manos por todas partes. ‘Vamos arriba, al tejado’, jadeó. Abrí la puerta de emergencia con mi llave maestra. Subimos las escaleras de metal, chirriando bajo nuestros pasos apresurados. El aire fresco de la noche nos golpeó al salir. Luces de la ciudad filtrando entre nubes, y abajo, el murmullo de la fiesta como un colchón sonoro perfecto.
La tensión que sube en el ascensor
Allí, contra la pared de ladrillos fríos, nos devoramos. Le arranqué la camisa, sintiendo sus pectorales duros. Él bajó mi vestido de un tirón, exponiendo mis tetas al viento. ‘Joder, qué pezones tan duros’, murmuró chupándolos, mordisqueando hasta que gemí bajito. Mis manos bajaron a su pantalón, desabroché el botón. Su polla saltó fuera, gruesa, venosa, ya goteando precum. ‘Mira lo que me haces’, dijo apretando mis nalgas. Me arrodillé en el cemento áspero, ignorando el frío. La tomé en la boca, chupando fuerte, lengua girando en la cabeza hinchada. Él gruñó, manos en mi pelo, follando mi boca con empujones. ‘Para, o me corro ya… quiero tu coño’. Me levantó, me giró contra la barandilla. El viento lamía mi clítoris expuesto mientras él separaba mis labios con los dedos. ‘Estás empapada, puta vecina’, rio bajito, metiendo dos dedos y curvándolos justo ahí, haciéndome temblar.
El clímax salvaje en las alturas
No aguantamos más. Me penetró de un golpe seco, su polla abriéndose paso en mi coño apretado. ‘¡Ahhh, joder!’, ahogué el grito contra su hombro. Embestidas brutales, piel contra piel chapoteando, mis tetas rebotando con cada arremetida. Abajo, risas y música cubrían nuestros jadeos, pero el riesgo me ponía más cachonda. ‘Fóllame más fuerte, que nos oigan’, le pedí susurrando. Él obedeció, clavándome contra la pared, una mano en mi garganta, la otra pellizcando mi clítoris. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo en el suelo, su polla hundiéndose hasta el fondo, mis jugos chorreando por sus huevos. ‘Me vengo… ¡córrete dentro!’, gemí. Él se tensó, polla palpitando, y me llenó de leche caliente, chorros potentes que desbordaron, goteando por mi muslo. Unas gotas cayeron por la barandilla… directo al patio de la fiesta. Abajo, un grito ahogado, pero la música lo tapó todo.
Nos quedamos jadeando, cuerpos sudorosos pegados bajo las estrellas. Bajamos en silencio, ascensor funcionando de nuevo. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con su café, yo con la compra. Nuestras miradas se engancharon. ‘Buenos días, vecina’, dijo con guiño cómplice. Sonreí, sintiendo el secreto quemándome entre las piernas. ‘Sí… muy buenos’, respondí, y supe que repetiríamos pronto. Ese polvo en el tejado nos unió para siempre en el morbo del edificio.