Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó el otro día con mi vecina de al lado. Me llamo Lola, vivo en un edificio viejo en el centro, de esos con balcones que se miran y paredes finas como papel. Thiago, el tío bueno del 3B, me la metía a saco desde hace meses. Su novia, Sofía, del 3A, justo enfrente. Yo la espiaba por la ventana entreabierta, viendo cómo él la follaba contra el cristal, sus gemidos filtrándose por la noche. El corazón me latía fuerte, con ese morbo de ver sin ser vista, el aire fresco del balcón rozándome las tetas.
Una tarde, bajo al garaje y nos cruzamos en el ascensor. Ella entra jadeando, con el pelo revuelto, olor a sexo reciente. Nuestras miradas chocan. ‘Hola, vecina’, digo yo, sonriendo pícara. Ella asiente, nerviosa, el ascensor zumbando bajito. Saco el móvil, le enseño fotos de Thiago: su polla dura en mi boca, mi coño chorreando sobre su cara. ‘¿Sabes quién es?’, le suelto. Se queda blanca, los ojos como platos. ‘Eres… ¿su puta?’, balbucea. ‘Sí, y él me encule hasta el fondo mientras tú esperabas en casa’. El ascensor para en mi planta. ‘Sube, hablemos’, le digo, agarrándola del brazo. Tiembla, pero entra en mi piso. La puerta se cierra con un clic que suena a pecado.
La tensión sube en el ascensor compartido
Nos sentamos en el sofá, tan cerca que huelo su perfume mezclado con sudor. Le cuento todo: cómo Thiago me lamía el culo en el parking, cómo me llenaba de leche en la 206. Ella llora un poco, pero sus pezones se marcan bajo la blusa. ‘¿Por qué me lo dices?’, pregunta, voz ronca. ‘Porque me pone verte sufrir… y verte a ti’. Nuestras rodillas se tocan. El silencio pesa, el tráfico lejano retumba. De pronto, me lanzo: le beso el cuello, suave al principio. Ella gime, ‘No… para…’, pero me agarra la nuca. Nos arrancamos la ropa. Sus tetas son enormes, pezones rosados duros como piedras. Le chupo uno, mordiendo, mientras mi mano baja a su coño: empapado, labios hinchados.
El polvo brutal y el secreto ardiente
‘Joder, estás chorreando’, le digo. Ella me tumba, me abre las piernas. ‘Cállate y déjame vengarme’. Me come el coño como una loba, lengua profunda en mi agujero, succionando mi clítoris hinchado. Grito, ‘¡Sí, lamémelo todo, puta vecina!’. El miedo a que nos oigan me excita más: paredes finas, vecinos en casa. Le meto dos dedos en su chocho pelirrojo, follándola fuerte, chapoteo húmedo. Se pone a cuatro, culo en pompa. ‘Lámeme el ano’, suplica. Obedezco, escupiendo en su ojete rosado, metiendo la lengua. Luego, tribbing: coños frotándose, clítoris contra clítoris, sudor perlando nuestras pieles. ‘Me corro… ¡ahhh!’, aúlla ella, temblando. Yo exploto después, chorros en su muslo, uñas clavadas en su espalda.
Caemos exhaustas, respirando agitadas, el aire cargado de olor a sexo. ‘Esto no ha pasado’, murmura ella, vistiéndose rápido. Asiento, pero sonreímos cómplices. Al día siguiente, en el pasillo, fregando el suelo. Nuestros ojos se cruzan: fuego puro. ‘Buenos días, vecina’, digo bajito, guiñando. Ella se sonroja, pasa rozándome el culo con la mano. El ascensor llega, entramos solas. Puertas cerradas, secreto ardiendo. ¿Repetimos esta noche?