Cierro los ojos y escucho los pasos en el pasillo del edificio. Anoche todo empezó inocente. Habíamos salido con el grupo de vecinos a ver un espectáculo en el centro. Risas, cervezas, miradas que se cruzaban con él, mi vecino del quinto. Javier. Alto, con esa sonrisa que me pone la piel de gallina. Llevábamos un año saludándonos en el ascensor, pero nada más. Hasta ayer.
Entramos al ascensor todos, apretujados. Eran las dos de la mañana, el aire cargado de alcohol y sudor. Él se colocó detrás de mí, su pecho rozando mi espalda. ‘Perdón’, murmuró, pero no se apartó. Sentí su aliento en mi cuello, caliente. Los otros charlaban, ajenos. Mi amiga a mi izquierda, él inclinado para hablarle, su cadera presionando la mía. Di un respingo, pero el calor entre mis piernas ya empezaba.
La tensión que sube en el espacio compartido
El ascensor subía lento, pitando en cada piso. Su mano rozó mi brazo, ‘casual’. Yo me giré un poco, nuestras miradas chocaron. ‘¿Estás bien?’, susurró. ‘Sí… no sé’, balbuceé, el corazón latiéndome fuerte. Sus caderas se movieron, su polla semi-dura contra mi culo. Fingí mirar el móvil, pero vibraba bajo su peso. Bajó la mano a mi cintura, disimulado. Los vecinos reían delante. El peligro de que nos pillaran me mojaba más.
Llegamos a mi piso. ‘¿Subes a un café?’, me dijo él al salir, con voz ronca. Los otros se despidieron. Entramos en su puerta, dos pasos del ascensor. Cerró y me empujó contra la pared. ‘Joder, no aguanto más’, gruñó, besándome salvaje. Sus manos bajo mi falda, arrancando las bragas. ‘Estás empapada, puta’, rio bajito. Le mordí el labio, ‘Cállate, que nos oigan los del cuarto’.
El clímax brutal y el secreto compartido
Me tiró al sofá, en penumbra. La luz de la calle filtraba por las persianas, marcando su polla dura en el pantalón. La saqué, gruesa, venosa. ‘Chúpamela’, ordenó. Me arrodillé, lamiendo la punta, salada. La tragué entera, gimiendo suave, él tapándome la boca. ‘Shh, vecina curiosa’. Me follaba la garganta, babas chorreando. Luego me puso a cuatro, falda subida. ‘Mira ese coño rosado, pidiendo verga’. Entró de un golpe, llenándome. ‘¡Ah! Joder, despacio…’, jadeé, pero empujaba contra él. El sofá crujía, ruidos del edificio. ¿Oían los vecinos? Ese miedo me hacía correrme ya.
Me dio la vuelta, piernas abiertas. Lamía mi clítoris, dedos en el culo. ‘Grita bajito, zorra’. Gemí, ‘Fóllame fuerte, Javier’. Su polla embistió, bolas golpeando. Sudor, olor a sexo crudo. Me corrí temblando, apretándolo. Él gruñó, ‘Me vengo dentro’. Caliente, llenándome. Colapsamos, respirando agitados. ‘Mañana nos vemos en el pasillo’, susurró, besándome.
Hoy, cruzándonos. Él con café, yo con la compra. Nuestras miradas: fuego secreto. Sonrisa cómplice, roce de manos. El ascensor pitó, solos. ‘Otra vez?’, rio. El edificio guarda nuestros gemidos.