Sabía que esa noche iba a ser peligrosa. Mi marido me había dicho: ‘Vamos a casa de Miguel, el vecino del quinto’. Yo… no sé, sentí un cosquilleo. Miguel me mira siempre en el pasillo, con esos ojos que queman. Esa falda corta que me puse, mis medias negras subiendo por los muslos. El ascensor zumbaba, luz fría parpadeando. Él entró el último, rozando mi culo sin querer. O queriendo. Mi marido sonrió de lado. Yo bajé la vista al suelo plastificado, manos temblando. ‘¿Nerviosa?’, murmuró Miguel, voz grave. No respondí. Solo tragué saliva.

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Llegamos a su puerta. Champán en flautas frías, burbujas subiendo. Charlamos poco. Él me halagaba: ‘Qué guapa estás esta noche, con esa blusa entreabierta’. Mis pezones se marcaron. Mi marido observaba, callado. Bebí rápido, el alcohol calentándome la piel. De repente, Miguel se arrodilló. ‘Déjame…’, dijo. Quitó mis tacones, lengua caliente lamiendo mis pantorrillas, subiendo por las medias. Grité bajito. ‘¡Dios!’. Mis ojos se cerraron. No luché. Piernas abriéndose solas. Él rasgó el tanga, aire fresco en mi coño ya húmedo. Lengua directa al clítoris, chupando fuerte. ‘Mmm, qué rica estás’, gruñó. Ondulaba caderas, gimiendo. Mi marido… él miraba, polla dura en el pantalón. Yo abrí la blusa, tetas libres, pezones duros pidiendo caricias.

La tensión que sube en el ascensor y estalla en su puerta

Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando. Yo arqueé espalda. ‘¡Sí, chúpame el coño!’. Lengua dentro, follando mi entrada. Olor a sexo llenando la habitación, luz filtrando por las persianas. Mi marido se acercó, besándome salvaje. Lenguas enredadas, saliva cayendo. Miguel se quitó la ropa. Polla gruesa, venosa, poniéndose condón. ‘Te voy a follar duro’, prometió. Me penetró lento al principio. ‘¡Joder, qué prieta!’. Empujones profundos, coño chorreando. Gritos míos: ‘¡Más fuerte! ¡Fóllame!’. Miedo a que los vecinos oyeran golpes contra el sofá. Marido en mi boca, besos desesperados. Uñas en su cuello. Miguel aceleró, bestia. Polla embistiendo, bolas golpeando mi culo. ‘¡Me corro! ¡Ahhh!’. Orgasmo mío primero, espasmos, coño apretando. Él gritó, corriéndose dentro del condón. Jadeos pesados, sudor pegajoso.

El polvo brutal y el regreso con el secreto ardiendo

Nos vestimos rápido. Sin palabras. Salí tirando de mi marido, tanga en el bolso. En el pasillo oscuro, ruido de pasos lejanos. Lo empujé contra la puerta de Miguel. ‘Shh…’, arrodillándome. Bajé su cremallera, polla saltando, dura y goteante. La tragué entera. ‘¡Joder, qué puta eres!’, susurró él. Chupé salvaje, lengua en el glande, bolas en mi mano. Sabía a nosotros. Miedo que Miguel abriera. Sufrí gemidos ahogados. ‘Me vengo…’. Chorros calientes en mi garganta, tragué todo. Besos después, labios hinchados. ‘Gracias, amor. Vámonos’. Ascensor bajando, manos entrelazadas.

Al día siguiente, pasillo. Luz mañanera filtrando. Miguel saliendo con bolsas. Nuestras miradas chocaron. Sonrisa suya, pícara. Yo… calor subiendo. Él guiñó: ‘Buen día, vecina’. Mi marido no vio. Secretos quemando. Cada crujido de puertas ahora excita. ¿Repetimos? El morbo del vecino… adictivo.

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