Era tarde, como las dos de la mañana. Volvía del bar del barrio, ese de la plaza donde el DJ pone funk hasta el amanecer. La noche estaba eufórica, gente bailando, risas por todos lados. Y ahí estaba él, mi vecino del quinto, el rubito de pelo largo que siempre me guiña el ojo en el ascensor. Lo vi por primera vez de cerca esa noche, charlando en la barra con una birra en la mano.
—Están buenos estos tíos, ¿no? —le dije, sonriendo, refiriéndome a los músicos que acababan de tocar.
La Tensión en el Pasillo y el Ascensor
—Joder, sí. Compré su disco y no me arrepiento —respondió, echándose el pelo hacia atrás con ese gesto sexy.
Hablamos de jazz, de sus discos, de clásica un poco. Me impresionó, parecía un pijo con gusto. Pero cuando sonó ‘Sex Machine’ de James Brown, nos miramos y… pum. Nos levantamos y a bailar. Sus caderas contra las mías, casi sin querer, pero queriendo. Reímos con ‘Sex Bomb’, sudando, miradas que quemaban. Al salir de la pista, me susurró al oído:
—¿Sabes? Siempre me han dado miedo las bombas sexuales…
—¿Por qué? —pregunté, riendo.
—Porque solo explotan una vez.
Me entró un calor… Quise besarlo ahí mismo. Fui al baño, saco la polla para mear, pero nada, la vejiga traidora. Y de repente, entra él, se baja la cremallera despacio. Lo miro, me pilla. Sonríe pícaro, se toca la verga medio dura, meando con calma. Se va, yo me quedo idiota.
Fuera del baño, me espera en un rincón. Me hace señas hacia la puerta. Caminamos en silencio por las calles frías hasta nuestro edificio. El mismo bloque, joder. Siempre lo había visto entrar y salir, pero nunca así.
—Vivo en el quinto —dice—. ¿Subes?
—¿A qué? —jugando.
—A follar.
En el ascensor, le meto la lengua en la boca, salvaje. Gime, me desabrocha el pantalón. Llego al pasillo con los pantalones en los tobillos. Se arrodilla, engulle mi polla hasta la garganta. Su lengua en el glande, saliva caliente, manos en mis huevos. La luz del pasillo filtra por la puerta entreabierta, oigo pasos lejanos en el edificio. Miedo y morbo.
El Sexo Brutal con el Miedo a Ser Descubiertos
Entra, cierra. Me desnuda del todo en el umbral. Vuelve a arrodillarse, lame mi verga, besa. Se quita la ropa, cuerpo liso de chaval. Lo empujo al sofá, le abro las piernas, engullo su polla gorda, corto, con ese glande morado chorreando precum salado. Huele a macho. Lo pliego, lengua en su culo peludo, mordisqueo el ano. Dedos en su boca, luego en su ojete caliente, suave. Ya está abierto, lo dilato, masajeo próstata.
Me da un condón. Se unta lubri en el culo, mordiéndose el labio.
—Fóllame.
Me pongo de pie, glande en su raja. Lo beso mientras empujo. Grita de dolor-placer. Pauso, chupo sus tetas. Luego me pide más. Clavadas mis caderas en sus nalgas, polla entrando y saliendo, chapoteo húmedo. Sudor, gemidos altos. Oigo la vecina del cuarto toser… joder, nos oye.
—Yes, dame más, fóllame fuerte!
Acelero, él se menea la polla. Tiembla, contrae el culo en mi verga. Corre su leche en mi pecho. Me susurra:
—Corre, nena, dame tu leche.
Me corro gimiendo, llenando el preservativo. Su culo aprieta al sacarla.
Me lavo en el baño, agua fría. Él viene, me besa el cuello, mano en mi polla que revive.
—No ha acabado, guapa.
Al día siguiente, en el pasillo, cruce de miradas. Sonrisa cómplice, secreto ardiendo. Oigo su puerta cerrarse, y yo… mojada otra vez.