Anoche no podía dormir. La luz de la ventana del vecino se filtraba por mis persianas entreabiertas. Él, el chico nuevo del 3B, unos treinta años, gafitas, cuerpo delgado pero firme. Lo vi quitándose la camisa, músculos tensos bajo la piel. Me acerqué más, el corazón latiendo fuerte. ¿Me vio? Bajó la mirada rápido, pero su polla ya abultaba el pantalón. Joder, qué morbo.
Al día siguiente, en el pasillo, nuestros pasos resonaron. ‘Hola’, murmuró él, ruborizado. Sonreí, rozando su brazo al pasar. ‘¿Dormiste bien?’, le pregunté con voz baja. Asintió, tartamudeando. Esa noche, coincidimos en el ascensor. Silencio pesado, aire cargado. Nuestros cuerpos se pegaron cuando paró en seco. Su mano rozó mi culo por accidente… o no. ‘Perdón’, susurró. Le cogí la mano y la apreté contra mi falda. ‘No pares’, le dije. Sus ojos se abrieron grandes. El ascensor pitó en mi piso. Lo arrastré a mi puerta, llave temblando. Entramos, puerta azotada.
La mirada furtiva y la tensión en el ascensor
Lo empujé contra la pared del salón. ‘¿Me viste anoche?’, le pregunté mordiéndole el lóbulo. ‘S-sí’, balbuceó. Le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó dura, venosa, goteando ya. ‘Joder, qué rica’, gemí chupándosela rápido, saliva chorreando. Él jadeaba, manos en mi pelo. ‘Calla, que nos oigan los vecinos’, le advertí, pero seguí mamándola hondo, garganta apretada. Lo llevé al sofá, le até las manos con mi bufanda al respaldo. ‘Hoy mando yo, tímido’. Me quité la ropa, tetas libres, pezones duros. Me subí encima, restregando mi coño mojado por su pecho. Olía a sudor fresco, a hombre joven.
Deslicé aceite por mi cuerpo, ylang-ylang invadiendo el aire. Me froté contra él, tetas en su cara. ‘Chúpamelas’, ordené. Me succionó fuerte, dientes rozando, placer eléctrico bajando al clítoris. Grité bajito, mordiéndome el labio. El vecino de al lado… ¿oyó? Me importaba una mierda, me ponía más cachonda. Giré, coño en su boca. ‘Lámeme, cabrón’. Su lengua entró, nariz en mi ano, me corrí temblando, jugos en su cara. Su polla palpitaba sola. ‘No corras aún’, le dije, montándolo despacio. Entró de golpe, abriéndome. ‘¡Fóllame fuerte!’, grité. Reboté salvaje, tetas saltando, sofá crujiendo. Él empujaba desde abajo, gruñendo. ‘¡Me vengo!’, aulló. Lo apreté con el coño, ordeñándolo. Chorros calientes llenándome, goteando fuera.
El polvo salvaje y el secreto del pasillo
Caímos exhaustos, sudor pegándonos. ‘Eres una diosa’, murmuró. Le desaté, pero no dormimos juntos. ‘Vete por la escalera, calladito’. Taxi abajo. Dormí como un angelito, coño palpitando aún.
Hoy, en el pasillo, cruce de miradas. Él sonrojado, yo guiñando. ‘Buen día, vecino’, susurré rozándole la polla por encima del pantalón. Sonrió cómplice. El secreto quema, y ya quiero más. Mañana, quizás el balcón…