Acabo de mudarme a este pisito cutre en el último piso del edificio de la calle Serpiente. Es minúsculo, cocina-chamber-sala en un plis plas, con armarios por todos lados y vistas al bloque de enfrente. Trabajo de noche en el hospital, así que duermo de día. Pero joder, el muro de mi habitación es papel, oigo todo.

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Primer día, entro agotada a las 8 de la mañana, me ducho rápido, el agua caliente me relaja los músculos, y me meto en la cama. De repente… hem, hem… mi-mi-fa-fa-sol-sol. ¿Qué coño? Me incorporo, el corazón latiendo fuerte. Suena como un tenor ensayando ópera, notas agudas que taladran el cráneo. Golpeo la pared: “¡Oye, cabrón, déjame dormir!”. Silencio. Luego: “Perdona, guapa, son vocalises. Tengo que entrenar la voz”. “¡Pues hazlo en silencio, joder!”. Vuelve a empezar, réréré, dododó. Me pongo tapones, pero nada, se filtra todo.

La tensión que subía desde el otro lado

Al día siguiente, igual. Croissants en la panadería de abajo, ducha, couette… y zas, el pájaro canta. Bajo furiosa a comprar, oigo sus pasos en el pasillo, pesados, como si se moviera despacio. Esa tarde, en el ascensor, nos cruzamos. Alto, moreno, ojos intensos. “Tú eres la que grita por las mañanas”, dice sonriendo. “Y tú el ruiseñor que no para”. Reímos. Se llama Pablo, tenor en la ópera. Yo, Lola. Tensión en el aire, sus ojos bajan a mis tetas bajo la bata. Puerta se abre, se va.

Noches de charla a través del muro. Él cocina espinacas, yo pasta. “¿Qué tal el curro?”, pregunta. Le cuento del hospital, bizutages. Él de ensayos. Una noche, agotada, me toco. Manos en las tetas, pellizco pezones duros, bajo a la concha, húmeda ya. Gimo bajito, dedo en el clítoris, círculos lentos. Oigo: “¿Lola? ¿Eso eres tú?”. Me paro en seco, ruborizada. “Sí… perdona”. “No pares. Yo también”. Silencio caliente. “Cuéntame qué haces”. La barrera cae.

Suspiro: “Me acaricio las tetas, pezones tiesos…”. “Joder, Lola, yo tengo la polla dura, la agarro fuerte”. Respiraciones pesadas, el muro vibra con cada palabra. “Baja la mano, métela en tu coño mojado”. Obedezco, dos dedos dentro, chupchup húmedo. “¿Oyes? Mi coño chorreando por ti”. Él gime: “La meneo despacio, arriba abajo, la cabeza hinchada”. Detalles sensoriales: su voz ronca, mis jadeos, pasos lejanos en el pasillo que nos callan un segundo, peligro de oírlos los demás vecinos.

El polvo a través de la pared, crudo y sin frenos

“Imagina mi lengua en tu clítoris, lamiendo, chupando”. Me corro casi, piernas temblando. “Ahora métete un dedo en el culo, como mi polla”. Dudo: “¿En serio?”. “Sí, puta, hazlo”. Empujo, ardor delicioso, follo mi ano con dedo mientras froto el clítoris. Él: “Tu coño aprieta mi polla, te follo duro, plaf plaf”. Gemidos suben, no controlo: “¡Me vengo, joder, me vengo en tu polla invisible!”. Chorros calientes mojan sábanas, cuerpo arqueado, grito ahogado. Él ruge: “¡Toma mi leche, puta vecina!”, salpica todo.

Quedamos jadeantes. “Ha sido brutal”, susurro. “Mañana más”. Duermo plácida, olor a sexo en el aire.

Al día siguiente, pasillo oscuro, luz filtrando persianas. Nos cruzamos, miradas cómplices, sonrojo. Él roza mi culo disimulando, susurro: “Tu coño aún palpita”. Sonrío: “Y tu polla quiere más”. Ascensor vacío, paramos entre pisos, beso salvaje, manos dentro pantalones. Pero puerta abre, nos separamos. Secreto ardiente, frisson eterno.

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