Ayer por la tarde, volvía del súper con las bolsas pesadas. El pasillo del quinto estaba en silencio, solo el zumbido del ascensor lejano. De repente, oí pasos. Era él, mi vecino del 5B, ese moreno alto con ojos que queman. Llevaba una camiseta ajustada, sudada del gym, y unos pantalones que marcaban todo. Nuestras miradas se cruzaron. ‘Hola, guapa’, murmuró con esa voz ronca. Sentí un cosquilleo en el estómago. Siempre le había visto por la ventana, follando con su novia en el balcón, medio tapados por las persianas. El ruido de sus gemidos me ponía cachonda noches enteras.

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Subimos al ascensor juntos. El aire estaba cargado, olía a su colonia mezclada con sudor. ‘Hace calor hoy, ¿eh?’, dijo, acercándose un poco. Sus dedos rozaron mi brazo al apretar el botón. Mi corazón latía fuerte. ‘Sí, mucho’, respondí, mordiéndome el labio. El ascensor bajó lento, crujiendo. Nuestros cuerpos se pegaron sin querer. Sentí su paquete duro contra mi cadera. ‘Joder, no puedo más’, susurró, y me besó. Fuerte, con lengua, manos en mi culo. El ascensor paró en el 3, pero nadie entró. ‘Vamos a mi piso’, jadeó, pulsando el botón de emergencia. La puerta se abrió en su rellano. Me arrastró dentro, cerrando de un portazo.

La mirada caliente en el pasillo

Ya en su salón, con la luz filtrando por las rendijas de las persianas, me arrancó la blusa. ‘Llevo semanas queriendo esto’, gruñó, chupándome los pezones. Yo le bajé los pantalones de un tirón. Su polla saltó, gruesa, venosa, goteando pre-semen. ‘Mira lo que me pones’, dijo, empujándome al sofá. Me abrí de piernas, mi coño ya empapado, sin bragas bajo la falda. ‘Fóllame ya’, le rogué. Se arrodilló y me lamió el clítoris, metiendo dos dedos dentro, chapoteando en mi humedad. Gemí alto, olvidando los vecinos. ‘Cállate o nos oyen’, rió, pero él mismo jadeaba.

El polvo brutal y el miedo a los vecinos

No aguantó más. Me puso a cuatro patas, contra la ventana. ‘Quiero que nos vean’, susurró, escupiendo en mi entrada. Empujó su polla de golpe. ‘¡Joder, qué apretada!’, gritó. Entraba y salía brutal, pellizcándome las tetas, dándome palmadas en el culo. El sofá crujía, mis gemidos se mezclaban con sus gruñidos. ‘Más fuerte, cabrón, hazme correrme’, le supliqué. Sentía su huevos golpeando mi clítoris, el sudor chorreando. El riesgo me volvía loca: ¿y si oían del 5A? Aceleró, follándome como un animal. ‘Me corro, puta’, avisó. Yo exploté primero, mi coño contrayéndose, chorros de jugo por sus muslos. Él se vació dentro, semen caliente llenándome.

Nos quedamos jadeando, su polla aún dentro. ‘Ha sido brutal’, murmuró, besándome el cuello. Nos vestimos rápido, riendo nerviosos. El ascensor nos bajó en silencio. Hoy, al cruzarnos en el pasillo, solo una mirada cómplice. Sus labios se curvaron en una sonrisa pícara, yo me sonrojé. Oí su puerta cerrarse, y ya estoy pensando en la próxima. El secreto quema, pero qué morbo.

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