Estaba en mi balcón, tomando el café de la mañana. El sol de septiembre filtraba por las persianas entreabiertas del vecino. Javier, el soltero del 3ºB, alto, musculoso… siempre con esa sonrisa pícara en el rellano. Oí un gemido ahogado. Miré de reojo. Ahí estaba, tumbado en su cama, con la sábana bajada. Su polla tiesa, enorme, en la mano. Subía y bajaba despacio, el puño apretando la base, el glande rojo brillando con una gotita clara. Respiraba hondo, los ojos cerrados, mordiéndose el labio. Me quedé clavada, el corazón latiéndome fuerte. El aire fresco del balcón me erizó la piel, pero entre las piernas… humedad instantánea. Me encanta esto, el morbo de espiar sin que te pillen.
No pude evitar tocarme por encima del short. Sus gemidos subían, la mano aceleraba, bolas apretadas. Se corrió con un gruñido, chorros blancos salpicando su pecho. Se quedó jadeando, sonriendo. Yo me aparté rápido, ruborizada, excitada como una loca. Bajé al ascensor para ir al trabajo, el pasillo vacío, pasos ecoando. Se abrió la puerta del 3ºB. Javier, fresco, con pantalón de chándal marcado. ‘Buenos días, vecina’, dijo con voz ronca. Subió conmigo. Silencio espeso. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Sonrió de lado. ‘¿Dormiste bien?’, preguntó. ‘Umm… sí, vi algo interesante’, solté sin pensar. Su mano rozó mi culo. ‘¿Ah sí? Cuéntame’. El ascensor paró en 2º, nadie entró. Me giró, me besó duro, lengua invasora. ‘Sabes que te vi, ¿verdad?’, murmuró. Bajé la mano a su polla, ya dura otra vez. ‘Cállate y fóllame aquí’. Puerta casi abriéndose en planta baja.
La sorpresa en el balcón y la chispa en el ascensor
Salimos corriendo al hueco de la escalera, oscuro, oliendo a humedad. Me arrinconó contra la pared fría. ‘Joder, qué puta eres’, gruñó tirándome la camiseta. Chupó mis tetas, mordiendo pezones duros. Le bajé el pantalón, polla saltando libre, venosa, goteando. Me arrodillé, la tragué entera, garganta profunda, saliva chorreando. ‘Mmm, así, cabrona’, jadeó agarrándome el pelo. Me levantó, short abajo, braga rota de un tirón. Dedos en mi coño empapado. ‘Estás chorreando por mí’. Me abrió las piernas, lengua en el clítoris, lamiendo como loco. Gemí fuerte, tapándome la boca. ‘Calla, que nos oyen los del bajo’, susurró, pero metió dos dedos, follando mi chochito. No aguanté, me corrí temblando, jugos por su barbilla.
El polvo brutal y el secreto del pasillo
Me giró, culo al aire. ‘Ahora te parto por detrás’. Escupió en mi ano, polla presionando. ‘No, espera… duele un poco’, dudé. ‘Relájate, te va a gustar’. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome. Dolor placer mezclado. ‘Joder, qué prieta’, gimió embistiendo. Me follaba el culo duro, palmadas en nalgas, eco en el hueco. Sudor goteando, tetas rebotando. ‘Más fuerte, rómpeme’, supliqué bajito. Su mano al clítoris, frotando. Oímos pasos arriba, nos paramos, polla clavada dentro pulsando. ‘Shhh’. Reemprendió, brutal. ‘Me corro… agárrate’. Chorros calientes llenándome el culo, yo explotando otra vez, piernas flojas. Se salió, semen chorreando por muslos.
Nos vestimos a prisa, risas nerviosas. ‘Mañana repetimos’, guiñó saliendo. Al día siguiente, pasillo. Nuestros ojos se encontraron. Sonrisa secreta, roce de manos. Mi marido preguntando ‘¿qué tal los vecinos?’. ‘Encantadores’, dije mordiéndome labio. El secreto quema, delicioso. Quiero más, ese riesgo de ser descubiertos… adictivo.