¡Ay, Lidya, no me lo puedo creer todavía! ¿Quieres que te cuente todo? Bueno, vale… pero shhh, que estamos en esta terraza y la gente mira.
Lidya: Venga, Ana, desde el principio. Dos cafés dobles, porfa.
La Tensión en el Ascensor y el Masaje que lo Cambió Todo
Era el otro día, mi brazo me mataba de la tendinitis esa. Bajaba en el ascensor y pum, se para entre pisos. Oscuridad total, el corazón latiéndome fuerte. Oigo pasos en el hueco, ruido de herramientas. “¿Estás bien?”, una voz grave, calmada. Era Pedro, el vecino del 4ºB, el kiné ese que siempre veo en chándal por el pasillo. Sus manos grandes abren la puerta de emergencia, luz filtrando por la rendija. Me tiende la mano, piel cálida, sudorosa. Salgo temblando, rozamos cuerpos en el hueco estrecho. Olor a hombre, colonia mezclada con esfuerzo. “Ven a mi piso, te miro el brazo”, dice casual. No sé por qué, subo. Ascensor roto toda la noche, perfecto pretexto.
Lidya: ¿Y entraste así como así?
¡Qué va! Dudé, pero el dolor… Su piso, minimalista, luz tenue por las persianas. Me siento en el sofá, él trae hielo. Charla tonta: el edificio viejo, vecinos cotillas. Sus ojos, marrones intensos, fijos en mi hombro. “Quítate la camiseta”, ordena profesional. Me quedo en sujetador, vulnerable. Manos expertas palpando, presión perfecta. Suspiro aliviada. “Es estrés muscular”, murmura cerca de mi oreja, aliento caliente. Tensión subiendo, pezones duros contra la tela. El pasillo cruje, pasos de la vecina del 4ºA. Shhh, nos reímos nerviosos.
Lidya: ¡Madre mía, ya estabais!
Luego, aceite. “Túmbate bocabajo”. Obedezco, jeans ajustados. Desabrocha mi sujetador, fresco aire en la espalda. Manos resbalando, gemido mío involuntario. Baja al culo, dedos rozando el tanga. Me mojo al instante, coño palpitando. No paro, me cambré un poco. Él duda: “¿Seguro?”. “Sigue…”. Jeans fuera, solo tanga. Masajea muslos, interior, uñas rozando labios hinchados. Estoy empapada, olor a sexo en el aire. Sus dedos colándose bajo la tela, tocando clítoris. Gimo bajito, miedo a que oigan del piso de al lado. Muros finos, siempre se quejan del ruido.
El Anal Brutal y el Secreto en el Pasillo
Lidya: ¿Y qué pasó después? Cuéntame sucio.
Me gira, desnuda total. Polla dura asomando en sus pantalones. Se la saca, gruesa, venosa, cabezona reluciente. Me arrodillo, la chupo ansiosa, saliva goteando. Él gime: “Joder, Ana…”. Le meto dedo en el culo mientras la mama, él se tensa. Me pone a cuatro patas en la alfombra. No coño, directo al ano. Aceite, dedo primero, suave. Entro yo empujando, lo empalo. “¡Fóllame el culo!”, susurro ronca. Entra lento, centímetro a centímetro, ardor delicioso. Llenándome, bolas golpeando. Acelera, brutal, mesa temblando. Grito ahogado, mordiendo cojín. Orgasmos en cadena, coño chorreando sin tocarlo. Él suda, gruñe: “Me corro…”. Me volteo, polla en boca, leche caliente tragada toda. Dedo en su culo otra vez, explota.
Lidya: ¡Dios, qué caliente! ¿Y los vecinos?
Placer del riesgo, pasos en el pasillo justo entonces. Silencio jadeante. Después, jacuzzi burbujeante, cuerpos limpios. Se va a su baño, yo al sofá. Café mañanero, sonrisas cómplices. Salgo, puerta cierra suave.
Al día siguiente, pasillo. Él bajando basura, yo con bolsas. Miradas fuego, roce accidental. “¿Mejor el brazo?”, guiño. Sonrío pícaro: “Mucho mejor… pero el culo duele rico”. Risas contenidas, ascensor llega. Secretos ardiendo, vecinos ajenos. ¿Repetimos? El frisson me mata…
Lidya: ¡Eres una guarra! Cuéntame más algún día.