Eran las cinco de la tarde cuando bajamos con mis niños al portal del edificio. Mi marido y yo íbamos a visitar a Ramón, el vecino del ático, un tipo de sesenta y pico, divorciado, elegante pero con barriguita. Nos había invitado mil veces y esta vez Julie… digo, yo, accedí aunque siempre lo vi arrogante. Los niños jugaban, el sol filtraba por las persianas del pasillo, olor a jazmín del jardín compartido.

Nos recibió con abrazos, cava para mí, whisky para los hombres. Cenamos en su salón amplio, con vistas al balcón. Hablaba de su trabajo, me miraba los pechos, yo me reía nerviosa. ‘Estás guapísima, vecina’, dijo. Sentí un cosquilleo. Después de acostar a los peques arriba, en su piso de invitados, bajé y los vi en el sofá, charlando. La luz tenue, el tic-tac del reloj.

La Tensión que Explota en el Edificio

En la cama, mi marido me abraza. ‘¿Te ha gustado Ramón?’, susurra, acariciándome el coño. Estaba empapada. ‘Imagínalo follando contigo’, dice. Río, pero abro las piernas. ‘¿Y si bajo?’, pregunto. Él baja, vuelve: ‘Quiere’. Temblando, entro en su habitación. Puerta entreabierta, él en pijama, polla marcada. Me coge la mano, me besa el cuello. ‘Ven, preciosa’. Mi marido cierra con llave. Ramón me baja la camisola, admira mis tetas firmes, mi coño depilado. ‘Joder, qué ricura’. Me arrodillo, le chupo la verga fina y larga, dura como piedra. Gime bajito, ‘cuidado, los vecinos…’. Le mama las huevos, trago saliva.

El Sexo Crudo y el Riesgo de Ser Oída

Me tumba en la cama, me come el coño, lengua en el clítoris, dedos dentro. Gimo, miro a mi marido, excitado. Ramón se pone encima, me penetra de un empujón. ‘¡Ay, sí!’, susurro. Me folla fuerte, tetas rebotando, sudados. ‘Me corres dentro’, jadea. Eyacula gimiendo, semen caliente llenándome. Mi marido me monta después, Ramón me manosea. Chupamos su polla de nuevo, hasta que me la mete por el culo despacito, con vaselina. ‘¡Despacio, joder!’, pido. Doble penetración: pollas frotándose dentro, yo grito ahogada en la almohada. ‘¡Folladme más!’, suplico. Mi marido se corre primero, Ramón en mi culo, chorros interminables.

Nos dormimos revueltos. De madrugada, Ramón me despierta con dedos en el ojete. ‘Otra vez, vecinita’. Mi marido finge dormir. Me la mete anal de lado, lento, profundo. Gimo, ‘shhh, los niños…’. Me corro temblando. Por la mañana, bajo a por café. Ramón en bata, Julie… yo salgo de su ducha, desnuda en la cama, vaselina lista. ‘Vete, amor, os dejo’, dice mi marido sonriendo. Oigo la puerta cerrarse, gemidos. Una hora después, en el pasillo, nos cruzamos. Él guiña: ‘Buen polvo, ¿eh?’. Sonrío, coño goteando. ‘Vuelve pronto’. El secreto quema, pasos en el eco del edificio.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *